| Historia de la migración japonesa |
|
Han pasado casi 76 años desde el día en que el barco Rakuyo Maru anclara por primera vez en Buenaventura, trayendo consigo los primeros hombres y mujeres de ojos rasgados, piel amarilla y nombres escritos con ‘y', ‘h' y ‘k', casi impronunciables en castellano. Una historia de altibajos escrita con esperanza, sueños y tenacidad.
Los antecedentes Con la inserción del Japón a la economía capitalista mundial a finales del siglo XIX, que abre el país a las relaciones diplomáticas y económicas con Occidente, se agudiza una larga tradición de conflictos internos entre campesinos y terratenientes devenidos por el monopolio sobre la tierra y el alza en los impuestos, en tanto que las ciudades presentaban escasez de alimentos y sobrepoblación agrupada en un territorio que se hacía insuficiente debido a los desplazamientos de campesinos. Era el Japón de otros tiempos: ni la Sony ni la Mitsubishi irrumpían en el panorama, de manera que la producción agraria continuaba siendo la base de la economía japonesa. Estas circunstancias, sumadas a la crisis económica de los años veinte, llevaron al gobierno a crear oficinas estatales de migración encargadas de estudiar los posibles territorios de colonización para japoneses como solución a este conjunto de problemáticas. Se inicia entonces la exploración y compra de terrenos en países como Perú, Paraguay, Brasil y, en menor medida, Colombia, los cuales eran cedidos a familias japonesas a través de subsidios estatales que incluían además el desplazamiento de los emigrantes japoneses desde su país a la llamada por ellos tierra prometida. El valle se viste de amarillo
40 días en barco, 6 horas en tren, 4 en bus, 2 a pie, y llegan los primeros colonos: 5 familias de 25 personas en total, cuya condición indispensable era tener por lo menos 3 personas mayores de 15 años, por aquello de la mano de obra. Para ellos, la Compañía de Fomento de Ultramar compró un terreno de 200 plazas en el corregimiento El Jagual, perteneciente al municipio de Corinto. 5 meses después, el 20 de abril de 1930, arribaría la segunda migración compuesta por 5 familias de 33 integrantes, también a El Jagual y 5 años más tarde la tercera y última, conformada por 10 familias de 100 miembros. En total: 163 personas provenientes de la prefectura de Fukuoka, en el noroeste de Japón. El cansancio de una dura travesía sin duda contrastaba con el desanimo de sus rostros, al ver las características de su nuevo hogar: una ramada hecha de guadua, techada con hojas de zinc y plagada de insectos de esos que abundan en el Valle. El Jagual era un reto: descuajar monte y rastrojo para comenzar a sembrar. Lo primero que cultivaron obviamente fue arroz y después fríjol, alforfón, algodón, café y cacao, cultivos que poco a poco progresaron tras adquirir el primer tractor, dando inicio a la producción cerealera mecanizada. Sería 1938, cuando se evidenciaría el progreso de El Jagual, al controlar el comercio de los cereales y fundar la primera cooperativa de producción agrícola que pretendía proteger los precios de sus productos. Es por ello que al núcleo japonés, se le reconoce su importancia en la evolución de la técnica agrícola regional y, en consecuencia, su contribución al desarrollo económico del Valle del Cauca. El panorama, sin embargo, se oscurecería a partir de 1941, en el momento en que Colombia rompe relaciones con Japón como resultado de la Segunda Guerra Mundial. Los japoneses de El Jagual comenzaron a ser vistos como espías potenciales en el territorio colombiano. La colonia queda bajo vigilancia de las autoridades, sus bienes son congelados, y en 1943 varios japoneses son confinados en un campo de concentración, junto a alemanes e italianos en Fusagasugá, Cundinamarca, para ser liberados en 1945, cuando finaliza la guerra. A partir de esta época, la colonia comienza a dispersarse; más aún tras recibir el rechazo y la envidia de algunos vecinos quienes ingresaban a la finca a realizar destrozos y robos. En El Jagual quedó una sola familia, en tanto que las demás se desplazaron hacia El Cerrito y Palmira, principalmente. El destino continuaba siendo las tierras verdes y fértiles del Valle del Cauca, predilectas por los hombres y mujeres de ojos rasgados y piel amarilla. Continúa...
Las memorias
"Me animaron diciendo que Colombia era un país muy bueno, pero al llegar a Buenaventura era completamente diferente. ¡Qué desgracia! sin tener dinero para regresarme aunque quisiera". Lo que encontraron resultó ser muy diferente a lo que las maquilladas películas estatales de promoción les habían mostrado: lindas praderas, paisajes con grandes racimos de banano. En su lugar: terrenos vírgenes, enrastrojados que sólo tras horas y horas de trabajo, ásperos callos y sudor salado podrían domar. "Soñando regresar triunfantes abandonamos nuestro estrecho país... la idea era hacer plata y volver". Sueño que no se hizo real por dos razones complementarias: se adaptaron al clima, a las costumbres, a la comida... En pocas palabras, se amañaron; además, el día que pudieron regresar a Japón todo había cambiado mucho, y más si se piensa en el denominado milagro japonés luego de la Guerra, de manera que una vez más se sintieron extranjeros en un país ajeno. Todo quedó en la añoranza del Japón de hace 75 años. Amargamente se dieron cuenta de que su patria ya no tenía lugar para ellos... Y a Colombia volvieron para morir. Los japoneses hoy
Las cifras de la Asociación dan cuenta de aproximadamente 1200 japoneses en el Valle del Cauca y de 650 en Barranquilla, los dos grandes focos de asentamiento nipón en el país. 22 de los inmigrantes originales: 2 de la segunda y 20 de la tercera, aún viven, en tanto que quienes llegaron en la primera, en 1929, ya han muerto. La mayoría de ellos son entonces descendientes: segunda, tercera y cuarta generación (hijos, nietos y bisnietos). Los inmigrantes originales que aún viven, aunque residentes en las ciudades, todavía administran sus fincas a distancia, mientras que sus descendientes han optado por carreras profesionales. Las primeras generaciones se casaban entre ellos con el fin de conservar sus rasgos físicos y culturales originales, pero poco a poco se fueron abriendo y mezclando con los colombianos, de manera que ya han ido confundiendo un poco las aquellas características que los identificaba. Hoy los japoneses generalmente vienen a Colombia bajo dos circunstancias: para practicarse operaciones oftalmológicas y tratamientos odontológicos, que paradójicamente son más costosos en el Japón, o bien en plan de negocios para las multinacionales electrónicas o automotrices. De cualquier modo ya nadie parece venir a quedarse, más aún cuando el gobierno del Japón recomienda a sus nacionales no viajar a Colombia por aquello del conflicto. "Cuando miro mis raíces me doy cuenta que vengo de una raza muy fuerte... Aquí llegaron muchos japoneses, entre ellos mi papá, sin nada y a punta de tripas corazón hicieron muchas cosas...". La afirmación de María Emi Itabashi, una descendiente de japonés inmigrante, está lejos de ser una mera exaltación patriotera. Los japoneses han sostenido un incontrovertible espíritu emprendedor y progresista y la historia se ha encargado de demostrarlo sin discusión. María Emi concluye: "el inmigrante llegó aquí con dos cosas: con esperanza y con ganas y sólo con eso supo sacar su familia y todo adelante..." Bibliografía
Imágenes
|