| Capítulo I: Los males y virtudes de una herencia |
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Capítulo 1 de Poéticas del desastre.
Autor: Julián Malatesta.
La temprana militancia de notables dirigentes americanos en los postulados de la Asamblea Constituyente y en las formulaciones filosófico-políticas de la Carta de Filadelfia, trajo consigo los más duros enfrentamientos políticos y militares en el suelo patrio y condujo a que la naciente nación colombiana dejara a medio camino la consolidación del Estado y con ello quedara aplazado el acceso a la modernidad. El espíritu de época orienta el levantamiento americano contra el colonialismo español pero, en el sentido hegeliano, nuestras frágiles instituciones jurídico-políticas sólo alcanzan a ser episódicas manifestaciones del desarrollo del espíritu, aún lejos de conquistar los valores últimos de la razón. Se ha dicho que en Colombia persistió la Colonia hasta mediados del siglo XIX (hasta las reformas de José Hilario López), con lo cual se quiere significar que las estructuras fundamentales de la sociedad no fueron alteradas, a pesar de que los grupos más desarrollados espiritualmente, que constituían una ínfima minoría en un país de grandes masas analfabetas, desde un principio quisieron adaptar modelos provenientes de los países más avanzados, que por entonces podrían considerarse "modernos". Así, por ejemplo, la primera mención del filósofo pragmático Jeremías Bentham se encuentra en los orígenes mismos de la nacionalidad. En un ejemplar de la Bagatela, el periódico de don Antonio Nariño, hacia 1811 y alrededor de Bentham se desplegará una de las primeras polémicas de importancia relacionada con la orientación de la educación pública, con los valores que deberían regir la conducta civil, con la ideología, la idiosincrasia y la ética social, las motivaciones y el comportamiento de los ciudadanos(1). Contra el pensamiento de Bentham se organizó una santa cruzada. La iglesia católica no iba a permitir que se impulsara una educación, según sus criterios, materialista y en abierta pugna con los dogmas religiosos. Las reformas emprendidas por Santander que dieron inicio a una educación laica sufren un duro golpe con las reformas emprendidas por el Ministro del Interior Mariano Ospina Rodríguez, bajo el gobierno de Pedro Alcántara Herrán (1841-1845). Se le otorga así a la iglesia su primacía en la dirección educativa de toda la república, se propicia una educación regida por los presupuestos de la moral católica y se le da un especial énfasis a la enseñanza de disciplinas prácticas que hagan aptos a los ciudadanos para participar en los procesos de modernización. En estas condiciones el campo intelectual humanístico capaz de renovar las costumbres sociales, políticas y culturales se ve seriamente sojuzgado por una línea de pensamiento afianzada en instituciones premodernas heredadas de la vieja estructura colonial. Estas contradicciones entre ilustrados y católicos a lo largo del siglo XIX intentan resolverse en atroces enfrentamientos en los campos de batalla y en una intensa discusión ideológica entre los líderes de las facciones políticas; sin embargo es bajo los tres gobiernos de Rafael Núñez, que abarcaron el período de 1880 a 1886, cuando definitivamente se imponen los intereses de la iglesia católica que se consagran en la Constitución de 1886. De esta manera la República avanzó hacia el siglo XX de la mano del despotismo, que orientó sus esfuerzos al fortalecimiento del orden interno, apostó a la consolidación de la vida ciudadana y al crecimiento económico guiado hacia el mercado internacional, al mismo tiempo que amparaba a las élites regionales salvaguardando sus intereses. En el Gran Cauca, las reformas de López y en general los proyectos del liberalismo tuvieron una abierta oposición de las élites regionales, éstas se enfrentaron a la ley de abolición de la esclavitud y en esta confrontación muchos de sus dirigentes se dieron a conocer nacionalmente, lo que contribuyó al fortalecimiento de los controles del poder local. En este escenario de contradicciones y desfases se desenvuelve un pensamiento profundamente asistemático, a menudo refugiado en el universo de la literatura que bajo la luz tutelar del romanticismo europeo, encuentra en la poesía, la novela y el ensayo, las formas discursivas apropiadas para dar cuenta de una realidad sociopolítica fragmentada y caótica...(2) Se desarrolla así una escritura que en los campos literarios, políticos e historiográficos anhela conquistar la razón, es decir, conseguir la aprobación del pensamiento europeo, a costa de someter, incluso por la vía del autoritarismo militar, un pasado que se obstinaba en sobrevivir al presente. Las élites regionales en la naciente república se alinean en esta disyuntiva histórica, adelantan propuestas de interpretación de la realidad y del pasado reciente bajo los moldes representativos del pensamiento ilustrado o se adhieren a la defensa de las instituciones coloniales, de alguna manera, amparadas por la devoción de las turbas o el pueblo raso. El romanticismo como una corriente estética no alcanza a adquirir la dimensión y profundidad de algunas de las expresiones del romanticismo europeo, el alemán o el inglés, aun con el atenuante de que algunos de sus escritores se habían formado en estos países, y más bien expresa en su seno la presencia de las representaciones liberales ilustradas que ven en el pasado una amenaza para el proyecto de nación y la oscura evidencia de un origen mestizo que debe ser a toda costa ocultado, con las formas de representaciones católicas que se afirman en las instituciones eclesiásticas y cuya fuerza depende de la activa devoción a estos valores que profesa el pueblo. El romanticismo así, busca reconciliar estas representaciones aparentemente antagónicas de la cultura y desarrollar una escritura pintoresca dedicada a los episodios de la vida local, a narrar los pequeños acontecimientos de la aldea. "Era un género literario menor, en el que la observación preciosista de episodios podía convertirse literariamente en una diatriba, entre condescendiente y amarga, contra las costumbres heredadas" (3). No obstante, la crítica literaria de finales del siglo XIX y la del siglo XX no terminan de ponerse de acuerdo en una definición, más o menos estable, sobre las corrientes literarias que acaecieron a mediados del siglo XIX y que orientaron el devenir de las letras americanas en toda la centuria. Las etiquetas de romanticismo, costumbrismo, criollismo, indigenismo y en otra perspectiva, realismo, naturalismo, parnasianismo, simbolismo y modernismo, no agotan las complejas manifestaciones de una literatura que lo mismo hace deslindes de géneros que combinarse con otros, que recurre a unos recursos retóricos en abierta oposición a formas canónicas legitimadas en la tradición, o se refugia en ellas, incluso cuando sus temáticas son totalmente nuevas. En este ámbito de confrontaciones políticas y de agitada polémica intelectual sucede el hacer literario de Jorge Isaacs, el joven soldado liberal que llegó a tener el rango de capitán y a dirigir las huestes rojas en la memorable batalla de los Chancos. Isaacs (1837-1895) publica en 1867 su novela María; con esta obra, la novela de sentimientos, o que se ocupa básicamente de las tribulaciones del amor, logra emular con lo mejor de la tradición romántica y constituirse en triunfo de la expresión americana en el incipiente desarrollo de este género.(4) La búsqueda de una temática exótica que hiciera contraste con el hilo fundamental de la trama, casi siempre fue un recurso de la tradición romántica. Isaacs introduce en María la historia de dos esclavos africanos, Nay y Sinar, una pareja que evoca dramáticamente y con nostalgia su origen, pero que narra crudamente sus padecimientos en tierra americana. Con este relato Isaacs desnuda el abominable ejercicio de la esclavitud, institución que sobrevive en el Gran Cauca hasta las postrimerías del siglo XIX. La producción poética no es prolija, se cuentan ciento veinticinco poemas cuyas obsesiones temáticas nos permiten asegurar que estamos frente a una producción profundamente desigual. El anhelo de acceder a lo sagrado que fatiga al espíritu romántico, espíritu que se obstina por construir la obra de la obra, hacer el arte del arte, conquistar la plenitud orgánica de la creación, no existe en la obra poética de Isaacs. Estos poemas parecen corresponder más a la práctica de un poetizar inconstante, o más bien sujeto a las tribulaciones episódicas del autor, antes que a la convicción de quien labora en los rigores del Arte. El profesor y crítico literario Carlos Enrique Restrepo Acuña cree descubrir en estos poemas todo un arsenal conceptual que conduce la producción literaria en Hispanoamérica, pero que a nuestro juicio evidencia de manera muy diáfana esa permanente inconsistencia e inconstancia que hay en la poesía del autor de María. Una primera mirada nos indica que Isaacs trató los grandes temas románticos comunes a la literatura hispanoamericana de su época. Aparecen allí los inevitables y tradicionales como el enfrentamiento campo-ciudad resuelto siempre a favor del campo; la separación de los amantes; las fuerzas superiores (Destino, Dios, Fatalidad) enfrentados a la fortaleza del hombre indoblegable; los recuerdos, los sueños, la ficción en lucha contra la realidad que sólo produce melancolía, desventura, escepticismo; el destino errante del proscrito, del viajero y el peregrino, quien colmado de tristeza debe morir lejos de la patria natal o en el extranjero. Se encuentran igualmente tópicos como la soledad y la muerte; la ambición y la búsqueda de la gloria enfrentadas a la desdicha y la pobreza; la posición anticlerical coexistente con la del hombre creyente; la abundancia de los fetiches románticos, etc.(5) Sin embargo, es bueno aclarar que un rasgo distintivo del romanticismo es su militancia en un pensamiento que se vierte sobre sí mismo y que impone un norte permanente a las acciones contingentes del poeta. La reflexión constituye el arquetipo del pensar en el ideal romántico, sin ella la poesía deviene solamente en anécdota y se envilece en la seducción de lo contingente. Se trata de una doctrina del conocimiento que intuye que en la edificación de la forma se halla un conocer inicial que busca impetuosamente trascenderse a sí mismo. "El pensamiento tiene la peculiaridad de que, en la inmediata proximidad de sí mismo, piensa preferentemente en aquello sobre lo que puede pensar sin fin".(6) En otras palabras, la búsqueda de la verdad se revela en el poema como una espera, como el advenimiento de un acontecer que de alguna manera nos ha sido prometido desde la efímera contingencia. Cada obra de Arte lleva incorporado un potencial a priori que la hace existir más allá de la historia, pero su ideal es situarse por encima de la historia. Con la más refinada ironía y un cuidadoso celo para no herir sentimientos patrióticos en los lectores de la revista argentina Hogar, Jorge Luis Borges escribe un breve texto que data de 1937 y que a juzgar por sus propios comentarios, lo realiza para cumplir de urgencia con un pedido de la dirección oficial de la revista. Emprende en su pequeño escrito una reflexión sobre la novela María de Jorge Isaacs, donde además de referirse a ciertos motivos temáticos de la obra, oficialmente considerados por la crítica como románticos y colocados en duda por él con tímido sarcasmo, Borges rastrea la huella del escritor en su entorno político y sociocultural para demostrar qué lejos se hallaba Jorge Isaacs de lo que podía ser el espíritu del romanticismo. He afirmado que Isaacs no era más romántico que nosotros. No en vano lo sabemos criollo y judío, hijo de dos sangres incrédulas... Las páginas hispanoamericanas de cierta enciclopedia dicen que fue un servidor laborioso de su país. Es decir un político, es decir un desengañado. En distintos periodos legislativos (leo con veneración) ha ocupado un puesto en la Cámara de Representantes por los Estados de Antioquia, Cauca y Cundinamarca. Fue Secretario de Gobierno y de Hacienda, fue secretario del Congreso, fue Director de Instrucción Pública, fue Cónsul General en Chile. Ello no es todo: habiendo dedicado un poema al general Julio A. Roca, este distinguido militar mandó hacer una edición de lujo en Buenos Aires. Esos rasgos nos dejan entrever un hombre que tal vez no rehúsa, pero que tampoco no exige la definición de romántico. Un hombre en suma que no se lleva mal con la realidad. Su obra -he aquí lo capital -confirma ese fallo(7). Con todo, la polémica ha sido ardua y ha fatigado libros, enciclopedias y antologías. Andrés Holguín, en su antología crítica de la poesía colombiana, solamente le confiere valor poético a aquellos momentos luminosos que tienen lugar en su novela María. La presentación de los primeros veintisiete poemas, en la Tertulia el Mosaico, aunque hoy no suscita el asombro entre nosotros, sorprendió gratamente a los contertulios en esa lejana noche de 1864. Luciano Rivera y Garrido en una de sus impresiones plasma con esmero el suceso. Don José María Vergara y Vergara elogia al joven poeta, su generación lo acoge. La Visión del Castillo, poema dedicado al señor José María Samper, es aclamado con júbilo. Este poema cuyas primeras nueve estrofas fueron compuestas en versos endecasílabos, con un final de cinco estrofas en versos alejandrinos, es quizá la producción literaria donde Isaacs escenifica la manera como su generación trataba ese tema tan familiar al espíritu humano y de tan difícil trato en la producción poética: el amor. La noche con su falda vagarosa y su turbante de argentado azul no tuvo la belleza misteriosa, tus galas, tus perfumes y tu luz. .... Pasado el sueño te encontraba bella, mi sien de tu regazo al levantar... Tanto amor y misterio... ¡No eres ella! Emanación de mi alma ¿dónde estás?(8)La Muerte del Sargento dedicado a José María Vergara y Vergara es otro poema que ha sido celebrado por sus defensores. ¡Venid compasivo, mi jefe! ¡Al sargento muriendo en la vega por fin encontré; venid, venid pronto que os llama! Era el ruego que ahogada en sollozos, me hacía una mujer. - Sargento ¿qué quieres? - Morir más tranquilo, ya veis: no hay remedio, me llama ya Dios. Tan bella mi esposa... ¡Mirad nuestro hijo! Yo voy a dejarlos: cuidad de los dos. (9)Un estudio bastante serio del profesor Armando Romero Lozano, presentando el libro de poesías de Jorge Isaacs que publicó la Universidad del Valle en 1967 a propósito de los cien años de la publicación de María, sitúa con suficiente rigor su labor poética. Fue poeta del sufrimiento pero no del sacrificio. Cantó los frecuentes goces y penas del hombre de hogar y de hombre de mundo, pero rara vez acertó a trascenderlos... Fue por esa relativa deficiencia y por otras fallas formales un poeta mediano a pesar de los momentos excelsos de su inspiración poética... En conjunto, los versos de Isaacs pasaron rozando el nivel medio de la producción literaria nacional...(10) Una salida inteligente a favor de la poesía de Jorge Isaacs la hemos encontrado en el escrito de Eduardo Delgado Ortiz11 quien sitúa al poeta como un cantor popular y con ello le otorga las licencias que los poetas populares se permiten porque ignoran las duras exigencias que la tradición literaria impone y también porque se trata de una poesía que se halla unida a las inestables formas de la tradición oral. En nuestro criterio pensar al poeta Isaacs desde esta perspectiva le hace un valioso aporte al folklore pero debilita seriamente su participación en el canon literario del romanticismo. No obstante, el gran vigor y la fuerza renovadora habría de expresarse a finales del siglo XIX; los poetas latinoamericanos reciben el influjo de los simbolistas y parnasianos y se adhieren con júbilo a las propuestas estéticas que estos pregonan. Baudelaire oficia de guía espiritual de una revuelta que habría de situar a la literatura en el inicio de un sentido de modernidad. "La modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable"12; ahora la poesía labora en la ruina y se despoja de su condición aurática, no anhela lo permanente, se coloca voluntariamente al lado de la pérdida, del desalojo. Esta es su decadencia y esta es su gloria. El aura ofrece la vana ilusión de lo inmutable o seduce con la promesa de un acontecimiento, algo está por realizarse, algo se advierte en lo inefable. El espíritu moderno desecha tal promesa, le milita a lo contingente, a lo que está siendo y dejando de ser, se instala en el ritmo de las desapariciones, su voluntad creadora moldea lo efímero. La propuesta estética de Baudelaire que se expresa en el libro de poesía más vendido en todos los tiempos, un éxito editorial que jamás pudo tener competencia, Las Flores del Mal, se hace pública en un momento en que la recepción de la poesía lírica es profundamente desfavorable. Estas condiciones de debilitamiento de la poesía anterior obedecen, según Walter Benjamin, a tres hechos: El primero es que el lírico dejó de pasar por el poeta por antonomasia. Ya no es el "vate" como lo fue todavía Lamartine; ha entrado en un género. (Verlaine hace que esta especialización sea palpable; Rimbaud era un esotérico que exofficio mantiene al público alejado de su obra). Un segundo hecho: después de Baudelaire no se ha dado ningún éxito masivo de poesía lírica. (Todavía la lírica de Víctor Hugo alcanzó al publicarse una poderosa resonancia. En Alemania el umbral lo señala el Buch der Lieder de Heine). Una tercera circunstancia viene dada con el hecho anterior; el público se hizo más reservado incluso frente a la poesía lírica que se le trasmitía desde antiguo. El margen de tiempo del que hablamos podría datarse aproximadamente a mediado del siglo pasado. En esa misma época se extendió sin interrupción la fama de Les Fleurs du Mal. El libro que contó con lectores muy poco propicios, y que al principio no había encontrado a demasiados propensos en su favor, se convirtió al correr de unos decenios en un clásico; también fue uno de los que más se imprimieron.(13) Sería demasiado aventurado comparar las condiciones históricas en que aparecen Las Flores del Mal con el acontecer del medio hispanoamericano a finales del siglo XIX; pero los afanes por emular la proyección histórica de la Francia de las Luces, conduce a que en el continente americano se levante para este período una generación impetuosa que busca urdir una poesía al ritmo de los acontecimientos de época y en diálogo con el mundo. José Martí (1853-1895), Julián del Casal (1863-1893), Juan Zorrilla de San Martín (1853-1931), Salvador Díaz Mirón (1853-1928), Manuel González Prada (1848-1918), Manuel Gutiérrez Nájera (1858-1895), José Asunción Silva (1865-1896), Rubén Darío (1875-1910), representan la dirección del Modernismo Hispanoamericano, que es una declarada confrontación a la decadencia de la literatura hispánica que después de la fértil producción literaria del siglo de oro y del Barroco cayó en extrema pobreza en los siglos XVIII y XIX. Con esta decadencia contrastan la complejidad y el rigor de las otras literaturas de Europa; en la poesía de Francia, cuyo influjo en el modernismo será decisivo, el Parnaso sucede al romanticismo y el simbolismo al Parnaso. De estas escuelas excluyentes en Francia, las dos últimas son recibidas con igual devoción por las jóvenes generaciones americanas y se difunden con facilidad. En lo que se refiere al romanticismo, se observa una reacción contra la elocuencia y su pompa, pero aún se admira a Víctor Hugo14. El modernismo hispanoamericano resultó de una mezcla no siempre equilibrada entre el parnaso y el simbolismo que logra su expresión más renovadora en poetas como José Martí, José Asunción Silva, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reizig y su gran líder Rubén Darío. En lo que a nosotros concierne, José Asunción Silva es quien va a marcar el derrotero de la poesía colombiana en las primeras décadas del siglo XX. Su poesía se va a constituir en el modelo con el que se puede juzgar a sus sucesores, que en esa mixtura antes anotada, flaquearon ante el ornamento y el artificio parnasiano y despreciaron la enorme vitalidad de la propuesta simbolista que desarrolló Silva. Esto explica por qué la poesía del siglo XX en nuestro país ha sido abordada en los análisis a partir del poeta bogotano, dado que es en su poesía donde aparecen los primeros indicios fuertes de un proceso de despersonalización de la lírica, expresada en el abandono del solipsismo sentimental y religioso que oscurecía las letras en el país. En medio del clericalismo más intenso y de una lamentable concepción patrimonialista de la vida cultural, Silva se propone explorar, no sin cierta ingenuidad, la aparición en la vida de la capital de un sentido de modernidad. De Sobremesa la novela con la que realiza su empeño, pretende hallar en la Bogotá de su época, los rasgos distintivos del hombre moderno, tal como lo habría tematizado Baudelaire y que básicamente tenía las huellas propias de una vida urbana que da origen al surgimiento de dos individuos antes inexistentes en el mundo agrario: el bohemio y el dandy, este último como vestigio memorable de una aristocracia en decadencia, pero ufana y soberbia ante los nuevos tiempos. A nuestro juicio, la mohína y pacata Santa Fé de Bogotá no daba lugar para que la novela de Silva fuera lo suficientemente verosímil, pues en los tenderetes y ventorrillos, en sus calles de piedra con estacionaderos de burros y mulas podría verse aún la herencia del paseante del siglo XVIII, identificado por Rosseau, quien se permite la contemplación de imágenes topográficas y el prodigio de conservarlas, individuo al que todo el mundo reconoce y su aldea identifica, en contraste con la ausencia casi patética del transeúnte que carga con la ruina de su serenidad y que deambula con los fragmentos de su vida íntima, huellas con las que se podría rastrear su desalojo y espiar los móviles de su fläneur sólo posible en el anonimato de la muchedumbre. En cuanto al dandy, ya es suficientemente conocido el estado precario de la vida social de Silva, que agobiado por sus deudas no tuvo más remedio que dispararse un tiro. Sobre el dandismo de Silva, el escritor Rafael Gutiérrez Girardot refiriéndose a la reflexión que realiza Juan Ramón Jiménez en el ensayo titulado Españoles de tres mundos, dice: El dandismo es teatral y el de Silva es cursi. El juicio de Juan Ramón Jiménez sobre Silva es sociológicamente acertado: el dandismo de Silva es "provinciano, vacuo y ridículo, es cursi", pero no por su propósito de epater le bourgeois, sino porque tiene su raíz en esos "colombianos corrientes, más o menos sensitivos o tolerantes", es decir en la supuesta aristocracia bogotana, que es corriente, "más o menos sensitivos o tolerantes", es decir mediocre (15). Sin embargo el mérito de la novela De Sobremesa se halla en haber situado, por primera vez en las letras de nuestro país, el tema de la modernidad en contradicción con las costumbres coloquiales y clericales del momento. La poesía de Silva, así como su novela, devela un conflicto no resuelto entre lo que podríamos llamar la realidad objetiva y la subjetividad. Silva emprende la interrogación del presente desde una densa reflexión íntima, mas no por eso menos crítica, reflexión que nos deja ver sus lecturas y su manera de abordar los temas centrales que la tradición literaria le hereda, en contraste con ese entorno adverso que debe explorar obligatoriamente el poeta. En la poesía colombiana, quien hereda y sigue el sendero trazado por José Asunción Silva, es el poeta Guillermo Valencia (1873-1943). La mezcla entre parnasianos y simbolistas que constituye el modernismo latinoamericano, le sirve al poeta de Popayán para evadir el ambiente coloquial y provinciano y ubicarse como un dialogante con lo mejor de la poesía europea. Se sabe del conocimiento que tuvo de Nietzche, de la amistad con el poeta Rilke y poetas franceses que frecuentó en la época de sus funciones diplomáticas. Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que Valencia es el primer Dandy -en su sentido más pleno- de las letras colombianas; cultivaba la soberbia con la misma acuciosa devoción con la que cuidaba sus trajes, la moda constituía el instrumento más preciado de la distinción y esgrimía el odio político contra sus adversarios con la crueldad de un monarca. Matriculado desde muy joven en las filas del partido conservador, sobresalió por sus dotes oratorias y por su disciplinada acción política al servicio de la causa del terror que su partido adelantaba en la Guerra de los Mil Días. A los veintitrés años fue empujado al parlamento para que combatiera a Uribe Uribe. Luego partió a Europa, donde asistió a la Facultad de Letras de la Sorbona, al Instituto de Francia y a la Escuela Libre de Ciencias Políticas. En París conoció a Darío y a Wilde y se dedicó a comprar y enviar armas para la guerra que estaba en marcha en Colombia; en el curso de un mes -dice Duarte French-, remitió a Colombia 60.000 fusiles y 9.000.000 cartuchos. Los mismos que sirvieron para alimentar el fuego de la batalla de Palonegro, quizá en la que más se ha vertido sangre hermana (16). El fanatismo ideológico y la desmesurada devoción por la diferencia conducen a Valencia a comprometerse con las atrocidades de la guerra y, de alguna manera, a construir un liderazgo nacional apoyado por la retórica del fuego y el fuego de la retórica. Esta condición, antes de disminuir los decorados del dandismo, acentúa su colorido, pues no hay escenario más propicio para el ejercicio de esta moderna vocación, que la inestabilidad de una nación que no encuentra condiciones para la práctica de la democracia y donde aún sobrevive el decadente espíritu aristocrático amparado en las viejas instituciones señoriales. Que no se escandalice el lector por esta gravedad de lo frívolo, que recuerde que en todas las locuras hay una grandeza, una fuerza en todos los excesos. Extraño espiritualismo por cierto. Para los que al mismo tiempo son los sacerdotes y las víctimas, todas las complicadas condiciones materiales a las que se someten, desde el atuendo irreprochable a cualquier hora del día y la noche, hasta las más peligrosas proezas del deporte, no son más que una gimnasia conveniente para justificar la voluntad y disciplinar el alma. En verdad, no estaba yo del todo errado al considerar al dandismo como una suerte de religión (17). No en vano la poesía de Valencia devino en el mejor y más preciado documento poético de su tiempo, no sólo porque su construcción alcanza una altura importante en la poesía del modernismo latinoamericano, sino porque en ella se expresan las agitadas contradicciones del poeta, que envuelto en los preceptos del clericalismo más ortodoxo (el del catecismo del padre Gaspar Astete, de bastante comercio aun a finales del siglo XX), se revela a favor de la anarquía y declina en beneficio de declaraciones iconoclastas. Lo que Valencia no podía decir en la elocuencia de sus intervenciones políticas, en las que solía defender con denuedo las retardatarias posturas ideológicas de su partido, lo pone de manifiesto contradictoriamente en su poesía. El tránsito imprevisible del nihilismo a la devoción religiosa, del escepticismo filosófico a la fe, que en últimas es una recuperación de la certeza en la incertidumbre, así como los giros temáticos que en ocasiones celebran los placeres de la carne y luego se refugian en el resignado acato a las normas que rigen el amor cortés, constituyen de alguna manera los motivos centrales de su poesía. Veamos un pequeño fragmento de Anarkos: Por donde quiera que mi ser camine Anarkos va, que todo lo deslustra; ¡un rito secular que no decline ante el puño brutal de Bakunine, y el heraldo feroz de Zarathustra! No puede ser que vivan en la arena los hombres como púgiles: la vida es una fuente para todos llena; id a beber, esclavos sin cadena; potentado, ¡Tu siervo te convida! ¡Nada escuchan! Los pobres, a la jaula de la miseria se resisten fieros, y con brazo de adustos domadores y el ojo sin ternura, ¡los enjaula la codicia sin fin de los señores! (18) Sorprende esta declaración en un líder destacado del partido que con las armas en la mano retrasó en el Valle del Cauca (en el Cauca Grande), la liberación de los esclavos. Son quizá estas inconsistencias expresadas con juicioso cuidado métrico, las que contribuyeron a que su sitio en el panorama de las letras nacionales no pudiera ser cuestionado por las inquisidoras acciones de sus adversarios. NIHIL Es esta la doliente y escuálida figura de un ser que hizo en treinta años mayores desatinos que el mismo don Alonso Quijano, sin molinos de viento, ni batanes, ni bachiller, ni cura. Que por huir del vulgo, corrió tras la aventura del Ideal, y avaro lector de pergaminos, dedujo de lo estéril de todos los destinos humanos, el horóscopo de su mala ventura. Mezclando con sus sueños el rey de los metales, halló combinaciones tristes, originales - inútiles al sino del alma desolada -, Nauta de todo cielo, buzo de todo océano, como el faquir idiota de un oriente lejano, Solo repite ahora una palabra: ¡Nada!(19 )O esa desolada fascinación que invade al guerrero, a quien ya poco le importan los móviles de su causa, sin ataduras racionales, pues hastiado como sólo puede estarlo quien conoce a fondo las oscuras regiones del terror y la austera soledad, anhela solamente que suceda la batalla; la vida y la muerte sólo son sucesos del azar que el tiempo avaro distribuye y regala.
AMOR FATI Me resigno al combate; poco importa la dura y negra alternativa que el combate me guarda; me batiré con sable, con honda o alabarda, sin esquivar contrarios de gigante estatura. Fe no tengo en mis sueños, mi sutil contextura se romperá como una hoja, mi sien no barda el casco, ni mi pecho, una cosa gallarda, y, no obstante, me llego cantando a la llanura. - En guardia! Un golpe, un tajo, un grito... ya mis ojos ven el río de sangre y entre lábaros rojos, rojos como mis sienes, avánzase la muerte, La mirada impasible. Mi ademán es tranquilo, y me desplomo bellamente bajo el filo ¡en el bárbaro sitio que me fijó la suerte! (20)No es apacible el entorno en que le toca a Valencia ejercer su oficio poético. Ritos, su primer libro a igual que el de Isaacs, es presentado y aplaudido con júbilo por los contertulios del Mosaico en 1899. Colombia aproxima su destino a una de las guerras más anodinas, mas no por ello menos cruel que las vividas en el siglo XIX. Entrado el siglo XX el balance arroja más pérdidas que aciertos. El país se halla devastado y mutilado, la separación de Panamá señala de manera humillante un cambio en las relaciones internacionales, sobre todo en el tipo de intercambio excesivamente oneroso que el país iría a entablar con los Estados Unidos de Norte América y que regiría las dinámicas de desarrollo a lo largo de toda la centuria. En la perspectiva del espíritu, la retrograda orientación que impuso en la educación y la cultura la república conservadora, dejaría para unos cuantos privilegiados el acceso a las corrientes del positivismo, que con sus hallazgos científicos y sus logros en el desarrollo tecnológico producían grandes revoluciones en el pensar contemporáneo. Valencia aunque militó, al decir de Rafael Maya, en el ala más conservadora del modernismo, por sus continuos viajes a Europa tuvo acceso a estos conocimientos, se familiarizó con estas corrientes del pensamiento y así como sus obligaciones políticas le imponían deberes ideológicos, evadió con sigilo lo más novedoso de la corriente modernista he hizo caso omiso de las propuestas de la Vanguardia que señalarían nuevos derroteros en las ricas expresiones del continente americano. No obstante, Baldomero Sanín Cano, amigo íntimo del poeta, habría de caracterizar al modernismo latinoamericano como un movimiento que no poseía el propósito de demoler el pasado, no intentaba ejecutar en la guillotina de lo nuevo las viejas propuestas estéticas de los románticos y de los parnasianos, y tampoco se proponía como fin la novedad, credo que defendía con vehemencia la Vanguardia. En el pensamiento y en la acción de los escritores de este periodo, que nunca pretendieron llegar a formar escuela, estaba excluida la actitud demoledora. Los poetas del grupo estaban demasiado poseídos de su misión para tomar actitudes de lucha; los contados expositores de doctrina parecían tocados de frialdad e inclinaban al escepticismo. Las pocas señales de espíritu combativo que se dieron a conocer en los pródromos de esa renovación procedieron de quienes la atacaban desconociéndola. Hubo también excesos de idea y aún de palabra debido a movimientos de ánimo entre escritores afiliados a la nueva corriente (21). Esta cita aparentemente diseñada para exonerar las flaquezas del poeta, quizá ponga de manifiesto una de las grandes anomalías producidas en esa rara mixtura de parnasianos y simbolistas, nuestros poetas a menudo se inclinaron a favor de la perspectiva parnasiana, que les permitió evadir los compromisos de una época agitada, para refugiarse en la fauna mitológica de la antigüedad. El Parnaso, un movimiento profundamente recesivo en la Europa del siglo XIX, optó por una poesía cuya docta erudición le otorgaba un halo de frialdad y le confería cierto desprendimiento de las pasiones primordiales. Su aporte consistió en propinarle un duro golpe a la pretensión solipsista, pero su carencia fue el abandono voluntario de una sensibilidad, que al lado de los cambios tecnológicos, científicos y modernizadores, proponía serias transformaciones en el modo de acontecer del Arte. El esfuerzo intelectual de Valencia por explorar otras literaturas, lo condujo a realizar una buena cantidad de traducciones y a enfrentar líricamente el tratamiento de documentos históricos. La evaluación crítica de estos poemas aún suscita encendida polémica, pero quizá lo que determina el lugar que ocupa en las letras colombianas es su libro Ritos. Incluso después de su muerte, acaecida en 1943, podríamos decir que Valencia ejerce el liderazgo en los primeros cuarenta años del siglo XX. El poeta Rafael Maya, nacido en Popayán en 1897 se convertiría junto con Eduardo Carranza, en el poeta que mayor influencia va a tener en la poesía del Valle del Cauca en los primeros sesenta años del siglo XX. El escrutinio que hemos realizado de la poesía vallecaucana, pone de manifiesto cierta resistencia de los poetas a seguir los postulados de Valencia; esto permite un cambio en la dirección literaria. La obra poética de Maya la constituyen nueve libros: La Vida en la Sombra, publicada en 1925; Coros del Mediodía, 1930; Después del silencio, 1938; Final de Romances y otras canciones, 1940; Tiempo de Luz, 1945; Navegación Nocturna, 1958; La Tierra Poseída, 1965; El Retablo del Sacrificio y la Gloria, 1966 y El Tiempo Recobrado, 1975. Vida en la Sombra, su libro de juventud, cuando todavía era guiado por las enseñanzas de su maestro Valencia, es quizá el poemario en el que Maya expresa todo el ímpetu innovador de la corriente modernista. LA VOZ Yo vengo de un naufragio, la inhóspita ribera me vio, con los cabellos de hierba entretejidos, salir cuando a lo lejos rompía mi galera contra una roca fúnebre sus palos abatidos. Y estoy aquí y aun siento la tórpida sordera del abismo. Oigo voces y oigo extraños ruidos, y vagas consonancias de una lengua extranjera que aprendí en el silencio de los valles dormidos. Ando como un ilota entre las gentes. Nada me dice este convulso vivir en que se agita la turba. Hay una voz que llora desterrada en la ciudad babélica que llevo entre mí mismo. Es una voz que sabe mi corazón y grita de muy hondo, llamándome otra vez al abismo.(22)El esmerado cultivo del soneto, esa forma métrica que sobrevive a todas las revoluciones, y el delicado verso, hará de Maya un guía espiritual para los nuevos poetas del Valle del Cauca. Fundador con León de Greiff de la revista Los Nuevos en 1925, emprendería la tarea de enfrentar poéticamente a la generación del Centenario, pero dada su obstinada devoción católica este esfuerzo de Maya resulta fallido. Su poesía se devuelve a los ámbitos de un solipsismo devoto y se refugia en la nostálgica queja de una infancia que ya no vuelve. En el grupo de los nuevos, que integraban también Luis Vidales y Jorge Zalamea, Rafael Maya será la representación conservadora que le da continuidad a la línea trazada por Valencia. Sin embargo, el trabajo intelectual realizado por el poeta que más aprecio puede tener hoy, se expresa en su acuciosa labor crítica. Allí Maya despliega una aguda mirada sobre el devenir de la literatura en el país, en contraste con su poesía que ahora se ejerce de rodillas a los emblemas religiosos. Nos atrevemos a afirmar que esta especie de antagonismo entre la prosa y la poesía de Maya, más allá de las múltiples causas sociales que la determinan, obedece a una típica concepción del arte poético que sobrevive a nuestros poetas y que tiene su origen, al decir de Paul de Man, en algunas especulaciones ilustradas del siglo XVIII. En las especulaciones que aportó el siglo dieciocho acerca de los orígenes del lenguaje, resulta ya un lugar común la suposición de que el lenguaje de la poesía es el lenguaje arcaico, y el contemporáneo o moderno el lenguaje de la prosa. Vico, Roussean y Herder, para citar a los más famosos, todos sostienen la prioridad de la poesía sobre la prosa, con el frecuente énfasis de valoración que parece interpretar la pérdida de espontaneidad como decadencia -aunque este aspecto particular del primitivismo dieciochesco es, de hecho, mucho menos uniforme y resuelto en los autores mismos que en sus interpretes posteriores-, en cualquier caso prevalece el hecho de que, independientemente de los juicios de valor, la definición de la poesía como lengua primigenia le confiere una cualidad arcaica que se opone a lo moderno, mientras que el carácter deliberado, frío y racional de la prosa discursiva, que sólo puede imitar o representar el impulso original cuando no lo ignora por completo, sería el verdadero lenguaje de la modernidad. (23) Se comprende entonces como una huella premoderna, el intento de hacer coincidir la voz lírica con el sujeto empírico, frecuente esfuerzo en la poesía de Rafael Maya, en oposición a una prosa que busca indagar por la vía del razonamiento lógico, las causas y móviles de la literatura contemporánea.
Muestra poética ______________________________________________________________________________
Notas: 1 JARAMILLO VÉLEZ, Rubén. COLOMBIA: LA MODERNIDAD POSTERGADA, ARGUMENTOS. Gerardo Rivas Moreno, Santafé de Bogotá, 1998, pp. 28-29. 2 GALARZA SANCLEMENTE, Jaime E. y MALATESTA. Julián. LOS PENSADORES VALLECAUCANOS. En: Historia del Gran Cauca, Historia Regional del Suroccidente Colombiano, Instituto de Estudios del Pacifico, Alonso Valencia Llanos Compilador, Santiago de Cali, 1996, p. 309. 3 COLMENARES, Germán. LAS CONVENCIONES CONTRA LA CULTURA. Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1989, pp. 74-75. "El costumbrismo era un sustituto literario de la novela, en el cual los conflictos de una sociedad más compleja, liberaban la energía de un héroe que, tras las peripecias de una lucha acababa estrellándose o reconciliándose con esa sociedad. En sociedades casi inmóviles, en donde ni la política ni las empresas constituían todavía un escenario que se ajustara a las expectativas de cada nueva generación, la crítica revestía un tono menor. Aún cuando el conflicto con los rasgos culturales que se atacaba fuera inconciliable, el producto literario era incapaz de cubrirse con un manto épico, que quedaba reservado a la historia". 4 "Los modelos europeos - Paul et Virginie, Atala y aun Werther - se perciben fácilmente en el fondo. Pero, igual que nos sucedió con los templos barrocos, si la traza es foránea, los elementos y la elaboración son de acá. En María se dan las notas idílicas de un puro amor juvenil genuinamente sentido; la descripción del paisaje nuestro visto como reflejo de la sensibilidad romántica del autor; los rasgos costumbristas de una sociedad, más patriarcal que feudal, en los que no faltan el detalle realista y el color criollo; la fina observación psicológica, la emoción tensa y sostenida, la sabia dosificación de lo delicado y lo sensual y el constante clima poético". ARROM, José Juan. "Esquema Generacional de las letras Hispanoamericanas. Ensayo de un método. La generación de 1864", THESAURUS Boletín del Instituto Caro y Cuervo, Tomo XVII, (# 2), Bogotá, Mayo -Agosto de 1962. pp. 441-442. 5 RESTREPO ACUÑA, Carlos Enrique. LA POESÍA: JORGE ISAACS EL PERFECTO ROMÁNTICO. En: Historia del Gran Cauca, Historia Regional del Suroccidente Colombiano, Alonso Valencia Llanos Compilador, Universidad del Valle, Santiago de Cali, 1996. Pág. 283. 6 SEHLEGEL. LUCINDE, Friedrich. Universidad Bibliothek (Philip Reelam), Número 320. Citado por Walter BENJAMIN en: El Concepto de Crítica de Arte en el Romanticismo Alemán. Ediciones Península, Barcelona, 1988, p. 41. 7 BORGES, Jorge Luis. VINDICACIONES DE LA MARÍA DE JORGE ISAACS, Revista Metáfora, año 4, Edición Especial (Nos. 6 y 7), Abril de 1995, Santiago de Cali, p 7. Tomado de Jorge Luis BORGES. Textos Cautivos. Tusquets, Barcelona, 1986. Se trata de una de las colaboraciones que, como ensayos críticos, escribió Borges para la revista semanal argentina El Hogar, entre 1936 y 1939 y cuya sección Libros y autores extranjeros dirigió. 8 ISAACS, Jorge. POESÍAS. Biblioteca del la Universidad del Valle, Cali, 1967, p. 77. 9 Ibíd. p. 7. 10 Ibíd. p. 34. Armando Romero Lozano, Prólogo a la edición clasificada y anotada. 11 DELGADO ORTIZ, Eduardo. LA POESÍA OLVIDADA DE JORGE ISAACS, Revista Metáfora, año 4, Edición Especial (Nos. 6 y 7), Abril de 1995, Santiago de Cali. Dice Eduardo Delgado: "Por ello Isaacs es un poeta popular y los poetas populares cultivan un lenguaje deliberadamente popular. Hay una búsqueda de las palabras nativas, una profusión del color local. A este punto vale la pena llamar la atención sobre el interés de Isaacs por el Folklor. Guillermo Abadía Morales, en el libro Canciones y Coplas Populares (1985), habla de un hallazgo literario, en donde lo singular está en que el compilador es Jorge Isaacs. En la introducción Abadía dice: "el léxico o vocabulario popular, regularmente sigue la forma rústica o correcta aunque en ocasiones por fortuna escasa, usa las voces retóricas o eruditas". 12 BAUDELAIRE, Charles. EL PINTOR DE LA VIDA MODERNA, Ancora, Santafé de Bogotá, 1995. 13 BENJAMÍN, Walter. ILUMINACIONES II, SOBRE ALGUNOS TEMAS EN BAUDELAIRE. Taurus, Madrid, 1999, p. 124. 14 BORGES, Jorge Luis. LEOPOLDO LUGARES. Emece, Buenos Aires, 1998, p. 16. 15 GUTIÉRREZ GIRARDOT, Rafael. INSISTENCIAS. EL DANDISMO EN JOSÉ ASUNCIÓN SILVA. Ariel, Santafé de Bogotá, 1998, p. 89. 16 ALVARADO TENORIO, Harold. LOS POETAS DE LA GUERRA DE LOS MIL DÍAS. Centro Editorial Universidad del Valle, Santiago de Cali, 1994, p. 121. 17 BAUDELAIRE, C. Op Cit., p. 84. 18 VALENCIA, Guillermo. OBRA POÉTICA. Círculo de Lectores, Bogotá, 1984. Poema Anarkos del libro Ritos, p. 82. 19 Ibíd. P. 40. 20 Ibíd. P. 42-43. 21 SANÍN CANO, Baldomero. LETRAS COLOMBIANAS. Fondo de Cultura Económica, México, 1944. El Modernismo, p. 178. 22 MAYA, Rafael. OBRA POÉTICA ESCOGIDA. Cuadernos de Poesía Ophelia, (# 4), Serie Quemante Joya, Popayán, 1977, p. 9. 23 DE MAN, Paul. VISIÓN Y CEGUERA: ENSAYOS SOBRE LA RETÓRICA DE LA CRÍTICA CONTEMPORÁNEA. LÍRICA Y MODER-NIDAD. Universidad de Puerto Rico, Puerto Rico, 1991, p. 187. |