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Desidia y olvido
Hace
tres décadas, Édgar Negret donó a Popayán una de las colecciones más
importantes de arte moderno de las que se tenga noticia en el país. Obras de
Soto y Cruz Díez, aguafuertes de Picasso, esculturas de los españoles Eduardo
Chillida y Jorge Oteiza, o grabados del chileno Roberto Matta languidecen al
lado de
las esculturas del propio maestro Negret, en el más absoluto abandono. ¿A quién
le importa?
Astrid Cabrera*
Popayán
En la calle del Cacho de Popayán se encuentra una casona
de estilo sevillano que alberga la Fundación Teatro Museo Édgar Negret.
Construida en 1781, la casa fue comprada por el general Rafael Negret Vivas,
padre del artista, en 1930. Y aunque Negret no viva hoy en su ciudad natal, el
museo que antes fue su casa de infancia pretende ser la evidencia viva de su
talento y generosidad. Pero la realidad indica otra cosa. Y apunta a que la
trayectoria de uno de los artistas de más renombre en la historia del arte colombiano
no ha sido reconocida en la ciudad en la que nació en 1920.
Lo primero que nota el visitante que entra a la casona que Negret donó hace 25
años para convertirla en museo es la desidia de las administraciones locales
pasadas: las humedades en el techo y las paredes, el melancólico deterioro del
espacio, ponen en evidencia la mediocre gestión realizada. El panorama que
afronta actualmente la Casa Museo Negret es desolador. Es tan notorio el
deterioro de la infraestructura que, en palabras de la Museóloga Angélica
Núñez, "están convirtiendo el museo en un sitio arqueológico". Para Nuñez, "el
museo está dolorosamente perdiendo su vida". Un total abandono en el que el
legado de Negret, un artista mayor del arte colombiano, se ha invisibilizado.
Victoria Ordóñez, ex directora del Museo, insiste en afirmar que "la
administración actual se comprometió a trabajar incansablemente por el progreso
del museo". El alcalde Ramiro Navia lo confirma: "En nuestro Plan de
Desarrollo, la Casa Museo Negret tiene un espacio importante; desde allí se
producirán proyectos y se ejecutarán obras. Además pronto instalaremos la sede
de la oficina de cultura municipal en el museo".
Está por verse lo que realmente quiere decir "importante" para esta
Administración. Así como lo que quiere decir "producir proyectos", "ejecutar
obras", y el tiempo real al que alude la palabra "pronto". La verdad es que
esta casona cultural, que tiene una riqueza material y una herencia histórica
significativas, representa una de las pocas posibilidades con las que cuentan
los payaneses para escapar de la mentalidad en la que se han anquilosado. Según
Alejandra Abásolo, directora de la Oficina de Cultura de Popayán, "en agosto la
administración municipal espera haber readecuado los pisos, techos y la
iluminación en la planta física del museo", aunque aclara que "va a ser un
proceso dispendioso, partiendo de la base que no se cuenta con suficiente
presupuesto, pero sí con las ganas de trabajar por uno de los patrimonios
arquitectónicos de Popayán". Un patrimonio que, quién lo creyera, alberga
noventa obras de un valor incalculable, como la de los dos representantes más
importantes del arte cinético, los venezolanos Jesús Soto y Carlos Cruz-Diez.
Del primero, una cruz elaborada en madera y metal, que según el curador Orlando
Martínez, "es una de las dos más destacadas de Soto en Colombia"; y del
segundo, la Physichromie Nº. 1179, parte de su extensa serie en plexiglás, cuyo
clima cromático se transforma a medida que varía la luz y la posición del
espectador.
Pero estas dos obras son solo el comienzo: le siguen un aguafuerte de Pablo
Picasso, una cabeza de piedra elaborada por el escultor vasco Jorge Oteiza;
obras de los artistas ibéricos Pablo Palazuelo, Eduardo Chillida, Frederic Amat
y las piezas en bronce de Néstor Basterreche o Mónica Meira. Pero hay más:
grabados de Roberto Matta, obras de Patricio Reig, Julio Le Parc y Alejandro
Otero. Por su parte, los brasileños Ion Muresanu, con su obra Férida, y
Acoplamiento de Sergio Camargo, y el peruano Benito Rosas; Yucata Toyota, con
su espacio sideral; así mismo, los mexicanos Francisco Toledo y José Luis
Cuevas y, por supuesto, artistas colombianos como Ana María Rueda, Alfredo
Lleras, Luis Fonseca, Santiago Cárdenas, Luis Caballero, Miguel Ángel Rojas, Omar
Rayo, Ana Mercedes Hoyos, Saturnino Ramírez, Gustavo Zalamea, María de la Paz
Jaramillo y Darío Morales, entre otros.
Sin duda alguna, el Museo Edgar Negret es una obra arquitectónica que pide a
gritos ayuda y apoyo de instituciones gubernamentales para garantizar la vida
de obras que en algunos casos deben ser restauradas. Por si fuera poco, no hay
un inventario de todas las colecciones; las piezas no se encuentran en el
estado de conservación ideal para su exhibición y el museo no tiene una política
seria: "Las obras no tienen mantenimiento, hay una pasividad al pensar que el
museo debe quedar tal cual el maestro lo dejó", agrega Angélica Núñez. Cuando
se les pregunta a los responsables parece haber muchos proyectos e iniciativas.
Hay, por lo menos una intención de convertir el museo en una institución
cultural rentable y autosostenible.
Para ello, dicen, realizarán innumerables esfuerzos para que se convierta en el
punto de encuentro de una comunidad que parece haber olvidado las palabras de
la crítica de arte más visionaria del arte colombiano, la ya desaparecida Marta
Traba, quien dijo hace treinta años: "No hay razones lógicas para que la obra
de Édgar Negret sea desconocida en Colombia. Es el único escultor nacional que
ha sido aceptado y estimado en el extranjero". Y menos razones hay para que una
donación importante, con obras de uno de los payaneses más importantes del
siglo xx, esté en completo abandono. |
Tomado de:
Revista Arcadia
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