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por Juan Acha
Desde Brancusi o, si se prefiere, desde
Medardo Rosso o bien desde el Rodin de "Los Ciudadanos de
Calais", muchos escultores vienen pictorizando su obra y en
consecuencia, la llevan del monumento al objeto: esto es, de la masa a lo
espacial. Entre las orientaciones pictóricas de la escultura de los
últimos 15 años, destaca la de Edgar Negret. No sólo porque este
artista colombiano alcanza hoy un alto nivel estético y muestra un
extraordinario y muy personal mundo de formas escultóricas, sino porque
desde muy temprano sus esfuerzos obedecen a un espíritu atento a las
exigencias de nuestro tiempo y, por ende, las cuestiones más vitales que
éste impone a la sensibilidad y al arte de los espacios y volúmenes. A
Negret, nacido en 1920, le toca enfrentar los problemas de la escultura de
los años 40 y 50, los detecta, comprende y sopesa de un modo tal, que en
los comienzos de los años 60 acierta en soluciones que son paralelas, en
actualidad y calidad, espíritu y letra, a las que por esos mismos años
presenta David Smith y Anthony Caro, dos pioneros de la escultura moderna
cuya valía todos reconocemos. Si bien comparar no es igualar, máxime en
arte, donde las diferencias constituyen lo decisivo, aquí estoy muy lejos
de cotejar artistas. Simplemente, indico un paralelismo; para ser más
exacto, señalo el sitio que creo le corresponde ocupar a este artista
latinoamericano en la escultura de nuestros días, gracias a sus afanes de
pictorizar los volúmenes, desmaterializar el metal y dejar al descubierto
las técnicas industriales que emplea: gracias, sobre todo, a sus logros.
Señalo esto, porque la obra de Negret es
poco conocida en América Latina y aún espera el reconocimiento cabal de
sus méritos en el panorama internacional del arte; méritos que de facto
existen y pertenecen a la escultura moderna. Y señalo, no obstante, que
su obra ha venido ganando prestigio en los últimos años. A1 penetrar con
mirada analítica en sus esculturas recientes (1970/74), pronto nos
percatamos de que en lo más profundo de ellas se mueve una concepción
artística que es digna de ser descendiente directa del cubismo
analítico, de Juan Gris. Nada especial habría en ello, desde luego,
puesto que en esa forma u otra, todos los artistas actuales se han bañado
en el agua del cubismo. Sólo que muy pocos han bebido directamente en él
y lo han transformado.
Si los síntomas no nos engañan, podemos
afirmar que Negret parte de las formas elementales, de volúmenes
primarios, tanto curvos como rectangulares y los altera y contrapone por
necesidad artístico-visual, resultando así unos cuerpos metálicos
plenos de dualidad que nos desafían y cuya identidad es consecuentemente
difícil de establecer. Es decir, repite a su manera el procedimiento
sintético de Juan Gris, que - como sabemos - va a contrapelo de lo que
habitualmente hace la gran mayoría de los artistas: tomar una imagen de
la realidad para deformarla, geometrizarla o transfigurarla.
En Negret la concatenación de formas se
convierte en cuerpo escultórico, y no al revés. Se trata de
construcciones metálicas que nuestra retina sitúa cerca del limbo de la
imaginación, porque viven aferradas a una transitoriedad óptica: no
quieren terminar su metamorfosis y constituyen realidades que es menester
aprehender parte por parte. Si fuesen volúmenes geométricos o figuras de
una realidad, entonces encontrarían un espejo en nuestra memoria visual,
pues aquí existen ya como ideas, ideaciones, imágenes o gestalts. La
dificultad de identificación, se agrava desde el momento en que Negret ni
siquiera presenta volúmenes propiamente dichos. En verdad, nos ofrece
alusiones volumétricas, proto-volúmenes: envolturas a medio cerrar que
se suceden anatómicamente con pequeños intervalos independizadores y
descubren sus líneas, pernos y tuercas de acoplamiento. Se resisten a
fundirse en un todo, porque lo importante para ellas es permanecer como
sucesión de formas. Por eso ocultan el material y descubren el
procedimiento; esconden el volumen y exaltan la concatenación. No todas
las obras de Negret tienen que ver, por supuesto, con el volumen; existen
también las construidas por sucesión de planos y oquedades. (Para
comprender el punto de vista, desde el cual analizo a Negret, habrá que
recordar, la sucesión abierta y en un mismo plano de volúmenes
rectangulares de David Smith y los planos en concatenación lineal de
Anthony Cano.) Propiamente, Negret se coloca a mitad de camino entre lo
externo y lo interno del volumen; entre el aligeramiento por medios
ópticos, como el que logra Brancusi con el brillo metálico
("Pájaro en el espacio" de 1919), y la desocupación total del
volumen que en nuestros días encontramos en los cubos transparentes y en
tenues coloraciones de Larry Bell. Pero Negret tampoco se detiene en los
ahucamientos a lo Henry Moore: él alterna la ocupación con la
desocupación de espacios. Sus envolturas no son ni aerodinámicas de que
tanto abusa la tecnología en sus máquinas, vía diseño industrial, ni
geométricas, como las que cubren los vacíos de muchas esculturas
modernas. Negret las abre para dejar ver sus procedimienentos y sus
componentes que se suceden como vértebras.
Sin lugar a dudas bulle aquí una voluntad
de aligerar los volúmenes, de pictorizarlos. Lo característico de
Negret, reside pues en la sucesión contrapuntística de envolturas
obstinadas en permanecer en la transitoriedad, como si fueran crisálidas
mecánicas que se detienen fugazmente y cuyas ambigüedades las tornan en
máquinas de generan significaciones.
Las generan porque son y no son máquinas
reales; son y no son geométricas; tampoco biomórficas. Abundan las
dualidades: lo curvo y lo rectangular; el constructivismo y la sensualidad
del art nouveau; lo clásico y lo barroco; el plano y el intersticio; el
anverso y el reverso; el interior y el exterior; el color y las tuercas.
A1 detenernos en la transitoriedad de las
obras de Negret, saltará a la vista la contraposición de lo natural y lo
maquinista, lo mental y lo sensual, como constantes principales de su
escultura. Estas constantes, revelan el deseo de conciliar la tecnología
y la naturaleza; conciliación que también preocupó a artistas como
Léger y Picabia, y que actualmente es revivida por las artes visuales al
apelar a los elementos de art nouveau, como una necesidad de contrapesar
décadas de riguroso ortogonismo. Por otra parte, el hecho de dejar al
descubierto la hechura mecánica de sus obras, que acentúa la
transitoriedad, nos autoriza a ver en sus obras una
"escultura-acción". No me refiero, por cierto, a que las formas
de Negret sean huellas de unos gestos subitáneos. Quiero decir que en sus
esculturas veo las señales que deja el acto de ensamblar con pernos y
tuercas, veo la acción de organizar cuerpos escultóricos por
acoplamiento, tales señales se convierten en elementos artísticos, en
tanto nos hacen tomar conciencia de que estamos ante obras desarmables que
asemejan "mecanos". Como es de esperar, todo esto confiere
dinamismo, acentúa la transitoriedad y subraya el carácter de sucesión
de las formas. Por último, las obras de Negret, en su gran mayoría,
están inclinadas y la oblicuidad contribuye poderosamente al
aligeramiento y a la transitoriedad. No se rigen perpendicularmente ni
yacen; se disparan. No necesitamos recurrir a la psicología de las
formas, para insistir en la importancia que tiene la orientación espacial
de una escultura en nuestra percepción, al despertarnos determinadas
reacciones para denotar movilidad, dar vida a la obra, unificar sus
formas, impregnarla de expresividad, de subjetividad. (Mayor carga
expresiva advertimos en la contorsión helicoidal de Escalera, una obra de
1973/74.)
La oblicuidad, habría que agregar el color
mate y único que cubre cada obra (rojo, azul, negro o blanco), unificando
también sus partes constitutivas. El color, durante mucho tiempo el
elemento pictórico por esencia y excelencia, resulta aquí siendo uno de
los más escultóricos.
En realidad anula las diferencias
establecidas entre la escultura y la pintura. Atraída por la superficie
mate y tersa del pigmento, así como por su calidad cromática, nuestra
vista se desliza sobre la obra como totalidad. E1 color evita las
irregularidades de las planchas metálicas, las dota de un acabado
industrial y, por lo tanto, impersonal. El color en suma, hace más visual
la escultura. Si se tratase de planchas de hierro, sería correcto hablar
de un aligeramiento de la obra por medio del color. Pero como, por lo
regular, son de aluminio, resultará apropiado aludir a una
solidificación o aumento de pesantez, en la medida que el color cubre el
brillo connatural y aligerante del aluminio. Como quiera que sea, Negret
utiliza el color con intenciones de acentuar el aspecto maquinista e
industrial de sus obras. Esto de que la escultura de Negret muestra hoy
actualidad, esté colmada de misterio a causa de su libre organización de
envolturas y camine por senderos que abren nuevas posibilidades a la
sensibilidad de nuestro tiempo, no significa otra cosa que madurez; vale
decir, que detrás de ellas hay toda una evolución y unas búsquedas que
la respaldan y la impulsan, y que transcurren con las constantes y
variantes con que se topa todo artista latinoamericano de sensibilidad en
permanente vigilia y de aguda penetración. La sensibilidad de Negret
crece impregnándose de las formas coloniales y las piedras de orfebrería
prehispánicas que se cruzan en Popayán, su pequeña ciudad natal situada
al sur de Colombia. A1 contrario de lo que se creyó un tiempo, el mero
hecho de nacer y crecer donde se cruzan dos culturas, como les sucede a
muchos artistas latinoamericanos, no constituye un factor determinante de
las obras de éstos. La gracia del barroco colonial y la fuerza del arte
prehispánico, se encarnan en el artista creador sólo a condición de que
sean miradas a la luz del arte universal y asimiladas con un espíritu
compenetrado y comprometido con nuestra actualidad. Todo esto acontece con
Negret durante sus estadías en el extranjero (Europa: 1951-1955, Nueva
York: 1955- 1963), durante las cuales nunca perdió contacto con su país.
Como relatan sus biógrafos, en Barcelona admira la obra de Gaudí y
redescubre la sensualidad del barroco latinoamericano y del art nouveau,
mientras que en el Museo del Hombre en París y en una exposición de arte
mexicano que por esos años visitaba la capital francesa, aprehende en
toda su dimensión la grandiosidad del arte prehispánico, que irá
acentuándose en su conciencia a medida de que presencie el ante europeo y
las rupturas artísticas de Nueva York. Pero descubrir lo esencial de las
manifestaciones artísticas de nuestro pasado y justipreciarlas, significa
para Negret transustancializarlas para que siga viviendo en espíritu en
su escultura metálica y abstraccionista. Una vez fuera de la Escuela de
Bellas Artes de Cali (1938-1943), Negret incursiona por algún tiempo en
una escultura figurativa muy esquemática y ahuecada, con evidentes
influencias de Henry Moore (ejemplo: "Cabeza de Bautista", en
1947). Si desde muy temprano actualiza su obra, es porque conoce en 1944 a
Jorge Oteiza, escultor español que viene a Popayán a dedicarse a la
enseñanza artística y es conocido internacionalmente por sus insistentes
y penetrantes preocupaciones espaciales, su aguda imaginación y su
inquieto espíritu. Este escultor abre los ojos de Negret para el mundo
moderno de la escultura. Pero también desde muy temprano sufre la
incomprensión del medio. Una de sus obras suscita fuertes polémicas en
1944, que años más tarde (1958) se repiten más crudamente, cuando
presenta su escultura abstraccionista y metálica como Monumento al
estudiante de Cali. Se le reprocha entonces "burla al
estudiantado" y ser "un seudoescultor aficionado a la
cerrajería". Entre sus contados defensores, estaba Marta Traba. Era
la época anterior al admirable despertar artístico de Colombia de los
años 60. Dicho sea de paso, pocos años más tarde, la estela homenaje a
César Vallejo de su amigo Jorge Oteiza, sufre un rechazo similar en la
capital peruana. En 1950 encontramos a Negret dentro del abstraccionismo
en el que utiliza el metal de formas simples y aladas, cuyo tenor es
fuertemente lírico. Algunas piezas son todavía referenciales y recurren
a los símbolos, tal como "Rostro de Cristo", una estructura de
hierro forjado y alambre. El impacto que le producen las esculturas para
habitar de Gaudí deja sus huellas en "Señal para un Acuario",
hierro policromado de 1953 (Colección del Museo de Arte Moderno de Nueva
York). Esta sensualidad del art nouveau seguirá interviniendo en su
evolución y en algunas piezas se dará aislada y a manera de sucesión de
formas ornamentales; ejemplo "El Puente" de 1972, obra yacente y
cubierta de rojo. De 1951 a 1961, Negret desarrolla sus Aparatos Mágicos:
esculturas policromadas y metálicas, en cuyo ensamblaje utiliza pernos y
tuercas. Se trata de una suerte de señales de tránsito, aparatos
extraños o utensilios misteriosos de pronunciado acento maquinista;
curvas y rectas se combinan y predomina
la verticalidad. El color sirve aquí para
jerarquizar las formas. De 1962 a Kachina, con su volumen vertical
coronado por unos planos a manera de copa de árbol Pero al año siguiente
aparecen las planchas a medio envolver, la orientación oblicua y el
monocromismo. Su mundo personal de formas se consolida en las obras que
presenta en la Bienal de Sáo Paulo de 1957, así como aparece la madurez
en las que envía a la Bienal de Venecia de 1968. De ahora en adelante,
presenciaremos la gran cantidad de variantes a que Negret somete su estilo
personal. Su mundo continúa moviéndose en la madurez. Y es que Negret
sigue inventando máquinas de generar significaciones y abriendo nuevas
posibilidades a la sensibilidad de nuestro tiempo.
Tomado de:
Revista Plural Vol. 3 No.9. México, DF. Junio de1974.
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