Y las palabras le ardieron en los labios.
Se me están extraviando los delfines azules de mis sueños.
No es grata la ciudad que me brindas,
Mi hijo Javier y yo entendimos la necesidad de registrar con devoción de escribanos el uso corriente de vocablos y creación lingüística de los hermanos del litoral Pacífico. Esta investigación está orientada a impedir que el lenguaje, la conciencia cultural, amarrada como un nudo gordiano en el colectivo social, o mejor aún el instrumento vital del pensamiento, se pierda al llegar a ciudades impersonales, donde se vive una agresión permanente de todos los valores, mutilando, o peor aún, asesinando la realidad hablante, creada, aprehendida y gozada, la cual es transmitida de generación en generación entre los miembros de la comunidad.
Desde el siglo XVI nuestra Madre Patria, África, fue saqueada y sus habitantes secuestrados, para ser traídos al continente americano a morir de tanta ignominia; se sabe que cerca de cuarenta millones fueron brutalmente desarraigados de sus tierras.
Después de un tenebroso viaje se llegaba a Cartagena de Indias, donde una vez los vestían de aceite para ocultarles las laceraciones, eran vendidos en pública subasta a los esclavistas de Colombia, quienes los llevaban a sus haciendas o minas donde recibían tanto látigo que, en muchas ocasiones, perdían la voz de tanto gritar.
Popayán, una de las ciudades más prósperas en ese tiempo de la infamia, al recibir a los negros los repartía entre sus grandes feudos, llevando a muchos de ellos a la costa del Pacífico donde se explotaban las minas de oro, una de las actividades de mayor rendimiento económico en la época del avasallamiento.
Es así como todo el litoral recóndito del Pacífico fue poblado por los Cuenú, Carabalí, Venté, Mina, Congolino, Ararat, etc., grupos que se opusieron febrilmente a cambiar su nombre tribal por el apellido del amo.
Colombia históricamente volteó sus espaldas a los habitantes del Pacífico y los dejó abandonados; es como si el país terminara geográficamente en la estribación oriental de la Cordillera Occidental.
Esa invisibilidad aberrante empujó al éxodo de cientos de jóvenes a las ciudades del interior del país. Una vez se presentó el terremoto-maremoto del 12 de diciembre de 1979, llegaron especialmente al Valle del Cauca (Cali, Palmira, Candelaria, Zarzal, Tuluá) y al Cauca (Puerto Tejada, Santander de Quilichao, Buenos Aires, Caloto).
Es importante reseñar el trabajo del investigador Oliver Barbary, titulado "Afrocolombianos en Cali, ¿cuántos son, dónde viven, de dónde vienen?". En él se hace la siguiente lectura: "Con 21.000 personas (45% del total), Tumaco es el primer municipio de origen de los migrantes afrocolombianos en Cali, seguido de cerca por Buenaventura (19.000), 4.5% del total. Relativamente el tamaño más reducido de estas localidades, las contribuciones de Barbacoas y El Charco son impresionantes: tienen respectivamente 10.200 y 4.500 personas. Los municipios del sur del Chocó tienen también representaciones importantes: Istmina (4.500), Condoto (2.300) y Bajo Baudó (1.400); relativamente, el perfil de la capital, Quibdó, parece moderado (1.900). La migración desde el Pacífico del Cauca se origina en Guapi (3.100), López (1.600) y Timbiquí (1.200), y se completa con el enclave del valle del Patía (4.650).
Entonces, cada pueblo trae consigo una "ensarta" de manifestaciones culturales para no perder su huella en la diáspora que los lleva a la inserción en las selvas de asfalto; es allí donde empieza nuestro trabajo de investigación, conversando con las abuelas migrantes, las depositarias de la tradición oral, porque es un imperativo histórico reservar y respetar el dialecto adoptado por el hombre - litoral a lo largo del tiempo y su uso. Nuestro dialecto refleja ampliamente no el comportamiento humano, sino la conducta social, el interés primordial de esa realidad hablante cual es la de identificar sus múltiples usos; por ello se debe reconocer un espacio cultural a las palabras del hombre - litoral, para no caer en un dialecto privado, aquel que solo conocen las personas desarraigadas de la costa, de su mar océano; en otras palabras, el lenguaje del Pacífico colombiano posee el derecho de existir.
Con este norte lingüístico presentamos una extensa selección de palabras investigadas en asocio con Javier, el ausente-presente, mi hijo gaviero, quien un día se fue silente, dejando a quienes lo amamos desde siempre una marejada de peces sin colores y un lamento navegando en nuestras vidas. Es de señalar que en ellas encontramos palabras africanas, pocas por ese deseo del imperio español de destruir el habla del continente negro, voces del español arcaico, palabras quechuas del sur de América y creación lingüística de la gente del Pacífico colombiano.
Este trabajo de pescador de voces no hubiese sido posible sin la colaboración de mis hijos Javier, Camilo y Carolina, quienes tuvieron la paciencia y el amor de tejer las palabras; de las maestras de Guapi, en especial Marien Osorio de Ochoa, quienes ayudaron a recoger en sus katangas algunas de las voces; del doctor Rafael Rivera Calero, gestor de la publicación ante el Fondo de Empleados de la Sociedad Portuaria Regional Buenaventura, Fondo de Bienestar Social; de mi hermano Hernando, quien con sus cantos al mar nos acercó el corazón de los ancestros nautas; del amigo y fotógrafo doctor Alfonso Quintana, quien de nuevo nos volvió a sumergir en la floresta de corales, paisajes y rostros de mareños.
A todos ellos, vientos de veleros en sus vidas.
BAUDILIO REVELO HURTADO
JAVIER B. REVELO GONZÁLEZ
Prólogo // Introducción // De los autores // Poema Pacífico
|