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Feria del Libro Pacífico

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Feria del Libro Pacífico
 
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Por Hernando Revelo Hurtado 

ImageEl litoral Pacífico es un universo total construido en palabras, un concierto fluvial de vocablos vitales. Podríamos renunciar a la escafandra rigurosa del español y seguiríamos comunicándonos sin tropiezos con nuestro propio lenguaje cocido a fuego lento en la "barbacoa" del tiempo y de la raza.

Hemos contemplado, con devoción de guardafaro, ese amancebamiento de vocales felices y consonantes montaraces para erigir ese imperio de símbolos, para edificar este nuestro idioma de sobrevivencias y milagros, sin él no tendríamos "embil" o "yesquero" para alumbrar la noche y colgar en las "barandas" de la oscuridad nuestra hamaca de sueños, no tendríamos tampoco la "batea de moro" para nacer, ni "aguamanil" alguno para quitarnos la neblina de lunas del insomnio que se quedan tatuadas en las pupilas como miel de "caimito". Esta lengua hecha de piel y de "chachajo", de corteza de tiempo y manglerías que fluye como un río entre orillas de música y desemboca sin trampas de mentira en los acantilados de la voz, sin ella no tendríamos el "camina y andar, camina y andar y entre más caminaba parecía que no andaba pero andando iba", esa dialéctica de abrir los "picaportes" de la noche para construir los caminos de las fábulas en el canto de nanas de las nodrizas negras. Con esta lengua nos han arrullado al nacer, nos la han prestado para vivir, la hemos usurpado para amar y hasta nos ha servido para decirles adiós hasta siempre a los seres que amamos entre "alabaos" fúnebres, "bundes" afligidos y versos oxidados de lágrimas.

Cada palabra como viene del corazón tiene un gesto y un rostro que acompañan su manera y su índole, por eso no hay mentira en sus acentos, es cierta y verosímil desde antes de pronunciarse, tiene temperamento étnico, se ha hecho para abrazar no para proferir injurias, no hay rencor en sus esdrújulas ni son sus adjetivos "puyas" de ofensas; es más, se ha hecho para charlar con Dios sin intermediarios y sin sobornos de diezmos y primicias.

Esta atarraya de palabras es nuestra impronta verbal de reconocimiento; al lugar donde fuéremos tristemente lontanos de la tierra, con nuestra patria líquida en la sangre siempre habrá una palabra como "cabo de buque" que nos ata a los muelles de la infancia. Basta una sola palabra nuestra del Pacífico pronunciada con voluntad de pájaro en los labios por cualquier huérfano del mar en ese matorral de "bullarangas", en esa algarabía de sordos que es la ciudad; basta una sola palabra con énfasis de etnia para saber que detrás de ella, como una sigilosa clave del alma, como un amuleto íntimo de suertes dichosas, ¡hay un paisano con sed de hablar, con gula de palabras y un paisano en la ciudad; ¡la cosa es otra cosa!

El Pacífico es un país lingüístico, un continente, si se quiere, de significados vivos y permanentes, con sus propias luces de navegación para comunicarnos; es más, podríamos prescindir de la palabra oral y escrita y nos quedaría aún el recurso del silencio, revelado a través del fervor de las miradas; de la ternura del abrazo; de la música del agua; del canto de los "bujeos"; de las cicatrices de nostalgia que deja el tiempo en las fisuras de las casas de madera cuando crujen; en el lamento de búfalo de los buques cuando sus proas hieren la "llublina" del alba; de los miedos fosforescentes que no asustan, "riveles" y "maravelies"; de la dulce onomatopeya de los ríos; del "encantamiento" seductor de los recodos, en fin, todo el lenguaje oral y escrito puede ser sustituido en una noche de "arrullo" y serenata frente al mar, por los "pálpitos" y las verdades silentes del corazón.

Pero tenemos que seguir hablando y comprendiéndonos, estamos buenamente y por fortuna condenados a ser orfebres de nuestro propio dialecto, por eso los que llevamos él corazón "entundao" de amor por el Pacífico, no porque hayamos nacido en él sino porque seguimos naciendo todos los días en él, celebramos este libro que la vida deposita como un baldado de cocuyos luminosos en la bahía de asombro de los ojos.

No es un simple diccionario, no es un glosario para el ocio, es una conversación de símbolos con nuestros ancestros, una complicidad atávica que reafirma vigorosa y esencialmente nuestra cultura negra, nuestra cultura del mar; es, en definitiva, un diálogo sin afanes de mareños, antes que Dios los transforme en alcatraces de ébano a la deriva del olvido. Un abrazo oceánico para los autores Baudilio y Javierito (que desde el "altillo" del cielo nos mira porque ya es cómplice de Dios en esas "andanias" de estrellas, que es la noche), ellos que urdieron este oficio de recoger en katangas, en chinchorros, en damajuanas las palabras que nuestros abuelos, nuestros hermanos del Pacífico dejaban caer de la ribera de sus labios en cada "conversa", en cada "hablantanuria", merecen nuestra admiración y nuestras querencias.

Las palabras están como son, con todo el barro del acento encima, con toda la pátina del tiempo en el dorso de sus vocales, pero también con toda la luminosidad de su significado, a tal punto que si usted se tropieza con una de ellas caería de bruces al territorio de la infancia y hasta allí llegaría su dolorosa diáspora porque tendría que ponerle cataplasmas de palabras a los "inconos" del recuerdo para aliviarlos; pero Baudilio y Javierito han previsto la posibilidad de que sus lectores no terminen padeciendo las fiebres de la nostalgia y lo que han hecho con esa cosecha de palabras es colgarlas en los alambres de la noche para que se impregnen de ese "aromito" de luna y cuando salgan de los labios dejen una estela de ángeles marinos a su paso porque, una vez oídas, causarían un cataclismo de felicidad que se anclaría por siempre jamás en los arrecifes coralinos de la memoria.

Que los "chicaposos" de la niñez
"descapurucen" melancolías.
Cuando el amor en "aguaje" entre a "la bolina" en su
potrillo "atiplado" de música
y naufraje feliz entre los "naidizales" del corazón.

Como ven, es un idioma para la poesía, es un lenguaje para la eternidad. Voces e Imágenes del Litoral Pacífico Colombiano no es un diccionario, es un libro de asombros que merece un espacio en los anaqueles del alma para que habite por siempre y para siempre entre ustedes.

Gracias, Baudilio y Javierito, albaceas de recuerdos y palabras.

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