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  • QUINTERO, Elvira Alejandra. Cali (Valle del Cauca), 1960.

    Realizó estudios de arquitectura y es Magíster en Literaturas Colombiana y latinoamericana de la Universidad del Valle. Su obra ha logrado Mención Honorífica en el Concurso Nacional de Poesía "Héctor Rojas Herazo" (1983), Premio Departamental de Poesía "Antonio Llanos" (1984). Finalista en el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura (1998), obtuvo el Primer Premio Nacional de Poesía Ciudad de Chiquinquirá (1999) y el Jorge Isaacs de poesía (2004). Sus libros publicados son:  Hemos crecido sin derecho (1982), La noche en borrador (1999), La ventana. Cuaderno de Ana Ríos (2002), La mirada de sal (2005). Tiene dos libros inéditos:  Los nombres de los días y Manuscrito de Alejandrina.

    Sus poemas han sido publicados en antologías nacionales y en internacionales como Mujeres poetas en el país de las nubes (México, 2005) y Voces sin fronteras (Montreal, Canadá, 2006).

  • HEMOS CRECIDO SIN DERECHO
  • IV
  • Se equivocaron
  • al darnos un nombre y un recuerdo triste,
  • al pensar que no caminaríamos sin su mano.
  • Al decirnos tú eres patria
  • y no elevarás la voz a tu pasado,
  • al evocar la noche en nuestra contra.
  • Se equivocaron al entornar los ojos con dulzura
  • para que diéramos el buen ejemplo.
  • Al callar frente al amor,
  • y no respondernos al porqué del mundo
  • ni al porqué gira la tierra,
  • ni al dolor de nacer
  • ni a la pasión loca que viven los relojes.
  • Se equivocaron al decirnos niños
  • porque ya el siglo nos había envejecido
  • de palabras duras.

HAZ QUE NO ME PIERDAN SUS PALABRAS

   Los recintos iluminados. Los andenes. La eterna carretera

donde cada cinco minutos ruge un motor. Las cordilleras,

su tenebrosa vegetación, la mirada acechante de sus

monstruos. Los anhelantes precipicios que ni los ojos ni las

almas se atreven a soportar.

   El eco en el fondo de los pasillos de los hospitales. La

fiebre. La huída tras el visitante de otras tierras. La deseperación

sobre la cúspide del páramo, dejando mojar los cuerpos

las gotitas de niebla.

   La dicha cuando la orquesta inaugura la noche.

Y en las cocinas las señoras se esfuerzan para que

todo salga bien.

    El largo peregrinar con la libreta de teléfonos, sin

saber si el número debe ser al fin marcado.

   Las ciudades cerradas, sus amores, su bulla. La locura

de sus estatuas.

   Oh noche de la noche deja al fin que en tu alma anide

la angustia que nos hermana.

   Acércate a la ventana y sosiega tus voces con la bruma

que emerge de los andenes.

   Recuerda otros amaneceres cifrados por el descubrimiento

de una verdad, en medio del licor y el entusiasmo compartido

con las almas amigas.

   Y deja que sea solamente un recuerdo.

   Sin llorarlo mira hacia afuera, hacia el otro lugar que

tu ahora se esfuerza por volver real y posible.

   Allí el sueño de anoche, sus voces, sus oleadas de

persecución y sus breves fragmentos de calma. Su humedad, su

martirizante dicha.

   La insana, loca pregunta.

   ¿Quién pasea por la acera de enfrente, temeroso de

mirar hacia atrás?

   Toda ventana debe ser cerrada, interpuesta entre este

deseo y los ojos ajenos, los que quieren saber cómo discurre

esta vida, cómo tapa, cómo ya no quiere saber nada y se vuelca

hacia las sombras que llenan los muros.

   ¿Quién ríe en la lejanía y libre ya de su dicha vuelve

a respirar la noche de su andén?

   ¿Quién repite por enésima vez la pregunta, pero no,

no busca respuesta, sólo desea deletrearla?

 

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