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Ideología, Aparatos Ideológicos y Aparato Represivo de Estado en Cóndores no entierran todos los días. 

Por: Kevin Alexis García 

Resumen: En una época convulsionada por la explosión demográfica, la expansión de la economía capitalista y los choques entre las élites de los partidos hegemónicos, la representación de la “Violencia” en la obra de Gustavo Álvarez Gardeazábal articula un sistema subyacente desarrollado desde el “Aparato Represivo” y los “Aparatos Ideológicos” de Estado. En la novela se configura la represión a través de  la ideología partidista como herramienta de control social y la  combinación  por parte del Estado del Derecho y la violencia armada, mostrando a los “pájaros” como una particular privatización de su Aparato Represivo. En esta obra literaria la ideología, el poder y la violencia se integran en un trinomio atroz.

 

En este texto abordaré los conceptos de Estado, ideología, Aparatos Ideológicos, Aparato Represivo, poder y reconocimiento. He intentado, en la medida de lo posible, dar un soporte teórico a cada una de las ideas expuestas, con autores que complementan, matizan o contradicen algunos puntos que aquí se abordan. En la primera parte del texto presentaré un contexto teórico que brindará herramientas para el análisis de la obra. Para sustentar algunos conceptos he decidido sintetizar brevemente las ideas de algunos autores, antes que recurrir a la cita directa.  

Contexto teórico: el Estado y su aparato estatal

Marx define el Estado como el órgano de opresión de una clase por otra, una especie de “orden” que legaliza y afianza la dominación para amortiguar los choques entre las propias clases.

Desde su perspectiva el concepto de Estado engloba dos nociones básicas: las de Aparato de Estado y Poder de Estado. El primero se comprende como la maquinaria estatal, integrada por una serie de instituciones como la  policía, el ejército, las cárceles, la prensa, las escuelas, los partidos políticos y otras de su control, a través de la cuales mantiene el poder la clase dominante. El segundo, o sea el Poder de Estado es la capacidad  de utilizar el Aparato de Estado para cumplir los objetivos del sometimiento.

Este sometimiento de clase se da en una estructura social o sociedad  que Marx divide en dos “niveles”: la infraestructura o base económica (integrada por las Fuerzas productivas y las Relaciones de producción) y la superestructura, dividida a su vez en dos subniveles: el jurídico- político (el derecho y el Estado) y la ideología (religiosa, moral, política). 

Para Marx la superestructura, conformada principalmente por el Estado, depende o está determinada por la infraestructura, integrada mayoritariamente por la Fuerza de trabajo, es decir, por  las masas populares. Esta Fuerza de trabajo hace parte de las Fuerzas productivas que sostienen el capitalismo. En este sistema la estructura social no sólo debe producir, también necesita reproducir las condiciones en que se produce para asegurar las producciones futuras. Para conservar la Fuerza de trabajo la clase dominante remunera el salario que permite a los trabajadores comer, pagar vivienda y vestirse.

Pero el Estado no sólo debe conservar las condiciones materiales, también las reglas del orden que ha establecido para su sometimiento. Para ello utiliza sus aparatos y a través de la escuela enseña las habilidades técnicas de  producción, diversifica la futura Fuerza de trabajo y engendra las normas de comportamiento que acaten la estructura social.

En ese contexto, y este es el punto que más interesa para analizar nuestra novela, “toda la lucha política de clases gira en torno al Estado…en torno a la posesión, es decir, a la toma y a la conservación del poder del Estado, por cierta clase, o por una alianza de clases o de fracciones de clase”[1]. Por ello cuando una clase, o en el caso de la “Violencia” en Colombia y de Cóndores de no entierran todos los días,  una fracción de clase toma el poder, despliega todo su aparato estatal para sostenerse. 

Aparato Represivo y Aparatos Ideológicos de Estado

Ante la diversidad del aparataje de Estado, Louis Althusser, sin abandonar la línea del materialismo dialéctico, propone ir más allá de la clasificación marxista y divide el Aparato de Estado en Aparato Represivo  y Aparatos Ideológicos. Distingue al primero como aquel  que funciona básicamente en términos de  violencia (ejército, policía,  prisiones)  y a los segundos como aquellos que funcionan, esencialmente, con base en la ideología.  Entre los últimos están los Aparatos Ideológicos: Escolar, Familiar, Religioso, Jurídico, Político, de Información (prensa, radio, televisión) y Cultural. 

Con esta distinción Althusser hace varias observaciones. La primera es que el Aparato Represivo de Estado pertenece por completo al dominio público u oficial, mientras los Ideológicos son, principalmente, de dominio privado (iglesias, partidos, medios informativos). De otra parte, ningún aparato es puramente ideológico o represivo, pues las Fuerzas Armadas también difunden ideologías y las escuelas, las iglesias y los informativos a su vez sancionan mediante la expulsión, la excomunión y la censura. “Ninguna clase (en nuestro caso fracción de clase) puede en forma duradera mantener el poder sin ejercer al mismo tiempo su hegemonía sobre y en los Aparatos Ideológicos de Estado”. Esto permite comprender que en los AIE “es el lugar en el que se libra una lucha de clases y a menudo en forma muy encarnizada. La clase (o alianza de clases) en el poder no dicta tan fácilmente la ley en los AIE como lo hace en el Aparato Represivo, no solamente porque las antiguas clases dominantes pueden conservar allí durante mucho tiempo fuertes posiciones, sino también porque la resistencia de las clases explotadas puede encontrar el medio y la ocasión para expresarse allí, sea utilizando las contradicciones que existen, sea conquistando por medio de la lucha, posiciones de combate[2]”.

En este campo de luchas el Estado provee la ideología que da al ciudadano un rol en la estructura. Althusser distingue cuatro roles principales: papel de explotado, agente de la explotación, agente de la represión o profesional de la ideología.  

Las  ideologías se materializan en prácticas

En su libro Obras de Juventud Marx  definió la ideología como “el sistema de las ideas, de las representaciones que dominan el espíritu de un hombre o de un grupo social[3]”. Althusser deduce que para Marx la ideología es un conjunto imaginario, un puro sueño, vacío y vano. Por el contrario éste último la define como “una “representación” de relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia[4]”.  Antes que ser volátil o abstracta, la ideología tiene una existencia material, se plasma en las prácticas, las ideas existen en los actos. Para Daniel Bell “la ideología es la conversión de las ideas en palancas sociales[5]”; Max Lerner  fue más contundente y tituló uno de sus libros Las ideas son armas.  

Toda idea se articula en una ideología y  sobre esta última Clifford Geertz hizo varias precisiones: “como los políticos que ella sostiene es dualista, oponiendo el puro “nosotros” al perverso “ellos”, proclamando que quien no está conmigo está contra mí. Es enajenante por el hecho de que desconfía, ataca y trabaja para socavar las instituciones políticas establecidas. Es doctrinaria porque reclama una posesión completa y exclusiva de la verdad política y aborrece el compromiso. Es totalista, en cuanto tiende a ordenar el todo de la vida social y cultural de acuerdo a la imaginación de sus ideales; es futurista por cuanto trabaja por una culminación utópica de la historia en la cual se realizará un ordenamiento semejante[6]”. 

Ideología, Aparatos Ideológicos y Aparato Represivo de Estado en Cóndores no entierran todos los días

Todo el aparataje de Estado es representado por Gardeazábal en Cóndores no entierran todos los días. La diégesis de esta obra se ubica en plena época de agitación social de masas, en la “Violencia”, para mostrarnos como un hombre, con una ideología radical de Partidario Conservador, por la defensa de sus ideas y por la ambición de su propio poder y reconocimiento, conformará un escuadrón de intimidación y muerte, apoyado por su partido, para desplegar desde Tuluá un sistema de terror y exterminio en el Valle del Cauca.  

En la novela “El Cóndor” y sus “pájaros” representan una particular privatización del Aparato Represivo de Estado, usualmente, controlado de manera pública u oficial. En el hecho histórico estas fuerzas van a ser en Colombia las primeras expresiones de estructuras represivas privadas que, a lo largo del siglo XX, operarán, principalmente, mediante el ejercicio de diversas modalidades de violencia para mantener el poder de la clase dominante y combatir cualquier intento de desestabilización de la superestructura de Estado, en nuestro caso organizada principalmente por dinastías familiares (Lleras, Ospina, Pastrana, Samper, Gómez) que a través de la historia se han ido perpetuando en el poder. 

El momento histórico que representa la obra está marcado por el expansionismo del sistema capitalista y por  las luchas encarnizadas entre las élites de los partidos Conservador y Liberal, - fracciones de clase-, por el poder. Después de las guerras civiles del siglo XIX,  las disputas electorales significaban el único medio no armado para obtenerlo. Quien lograba ganar las elecciones desplegaba todo su aparataje para mantenerse. En las vísperas a las elecciones presidenciales y durante  los primeros años de cambio de partido se vivían en Colombia fuertes procesos de agitación armada mientras se consolidaba una hegemonía partidista.  

Las ideas existen en los actos

De este principio da cuenta León María Lozano, Gardeazábal lo construye como un sujeto altamente ideologizado, radical, obediente de las conductas que demandaban sus ideas. En la novela la caracterización ideológica del personaje es coherente y se construye durante el desarrollo de la diégesis con apartes como los siguientes: 

A las cinco volvió el padre Gonzáles y como ya León María ni se quejaba y el pulso se le estaba perdiendo, comenzó con las oraciones de los moribundos. (…) Pero León María no se murió. A las seis y media, como manejado telepáticamente, fue levantándose. Se lavó la cara y ante el asombro (…) fue entrando a la capilla de María Auxiliadora a oír la misa a la que no faltó ni siquiera ese día. Pág36. 

Su casa terminó siendo algo así como el museo regional del partido (…) De todas las paredes colgaban fotos enmarcadas en las (…) que se tomó cuando la venida del doctor Gómez y el doctor Ramírez Moreno, en las que apareció él solo con los dos y que mandó a ampliar en tamaño gigante y colgó en toda la puerta que dividía la sala del comedor. Pág. 52. 

La primera cita da cuenta de su obediencia a la iglesia católica, la segunda de su fidelidad al Partido Conservador. Ambos Aparatos, el Religioso y el Político, tenían entre sí una correspondencia ideológica  que, ejercida de forma ortodoxa por León María, lo calificaban para liderar una modalidad privada de Aparato Represivo de Estado. La invitación a actuar de forma correcta, obedeciendo los mandatos de sus ideologías y la supuesta posibilidad de una aniquilación del partido serán ideas convertidas en armas para convencerlo: 

El doctor Ramírez extendió su chequera y después de hacer una apología de lo que significaba para la religión católica la existencia de individuos defensores del orden establecido, de la verdad impuesta y de la tradición, enfiló sus baterías a León María (…) Apoyándose en un concordato que quizás exista pero que quien sabe si la Iglesia admite y el gobierno reconoce, enfrentó a León María a la posibilidad del exterminio de todos los conservadores, de todas las comunidades religiosas y sobre todo de la fe cristiana.(...) León María casi llora de la ira (…) tenía en sus manos el primer cheque, las tres cajas rectangulares y la convicción profunda de que estaba cumpliendo con su deber de católico y de conservador. Pág. 60. 

De esta forma, y de acuerdo con la clasificación que he expuesto de Althusser, León María pasará en la novela de Explotado (pagaba mensualmente una cuota a su partido sin ninguna retribución) a Agente de la Represión (líder de los pájaros). Sin embargo, esta verticalidad del control social ejercido por las élites políticas, mediante la ideología, para determinar la voluntad de León María, y su supuesta aceptación, sin una mayor reflexión crítica, aún en contra de la vida de sus conciudadanos, debe ser problematizada.  

El deseo de poder y reconocimiento

Roberto Vélez Correa en su texto “Gardeazábal[7]”, sostiene que “el fenómeno individual de la macabra causa de León María Lozano, auspiciada únicamente por un ideal, se comprueba en el comportamiento de honestidad económica del personaje[8]”. En seguida cita el párrafo de la novela en la que el narrador nos cuenta que León María, a pesar de que pudo volverse rico, jamás obligó nadie a venderle una plaza de tierra, y que del partido Conservador sólo pedía lo mínimo para su sostenimiento. Correa se olvida de un aspecto fundamental en la caracterización del personaje que Gardeazábal construye con habilidad a lo largo de la novela: el deseo de poder y reconocimiento. Si bien León María era un ferviente católico y partidario conservador, defensor de sus ideas, también era una persona deseosa de reconocimiento y poder, especialmente,  en su partido.

Para Todorov “los seres humanos aspiran a reconocimientos simbólicos infinitamente más de lo que buscan la satisfacción de los sentidos[9]”. El deseo de reconocimiento llega a ser más importante que el dinero, pues se aprovecha de él para satisfacerse. Todorov distingue dos modalidades: el reconocimiento de conformidad y de distinción.

En León María Lozano se configura una forma exacerbada de conformidad social que Todorov llama Fanatismo. Sin duda, el personaje central de nuestra novela es un fanático, goza de los triunfos y reconocimientos del partido al cual está adherido. Pero ese sentimiento puede repercutir en un combate cuando se atenta contra el grupo, “entonces doy todas mis fuerzas para asegurar la victoria de mi grupo, incluso estoy listo para asumir el rol de mártir y lucho contra todos los otros grupos rivales; esta identificación con los sentimientos del grupo me asegura un reconocimiento estable (…) El fanatismo se acompaña siempre del odio de los otros-diferentes; el reverso de la pertenencia común es la exclusión y la denigración de aquellos que no pertenecen a la buena comunidad[10]”. Sobre este aspecto Daniel Pecaut nos dirá que en el período del que trata nuestra obra, el recurso de la violencia dependió en gran parte de la capacidad de los agentes políticos para imponer una representación de la política en términos de una división amigo-enemigo[11].  

Además de la adherencia a su grupo político, León María quería una especial distinción dentro él, anhelaba que lo dejaran hablar en una concentración de su partido Conservador; pero no era por la necesidad imperiosa de presentar nuevas ideas que nutrieran la discusión partidista, pues era falto de erudición. Era por su deseo de reconocimiento, el mismo que lo llevaba a aprenderse de memoria los editoriales de El Siglo para poder hablar: 

“los jefes políticos jamás le dieron la posibilidad porque a la hora de los discursos siempre llegaban los de Cali (…) y el se quedaba con su discurso ensayado”.Pág51. 

Todorov distingue dos fallos en el intento de ser reconocido: el rechazo y la negación. El rechazo es la negativa de un juicio pero la negación es una ofensa porque desconoce la existencia de juicio alguno. Ante la negación en un intento de reconocimiento, las personas pueden buscar otras formas de obtenerlo.

En defensa de sus ideologías y oponiéndose al grupo “enemigo” León María encontrará un primer  reconocimiento de “distinción”, “este es la vía escogida por los héroes que aspiran una atención particular por las hazañas”. Con tres hombres armados con carabinas sin munición, un taco de dinamita y una noción de poder impidió que la turba liberal incendiara el colegio de los salesianos. Desde allí empezará a ser distinguido en el pueblo: 

“Los muchachitos de las escuelas pasaban por su puesto del costado sur del patio de los plátanos como quien va a mirar las vistas de tipos de la película del teatro”.Pág 16. 

La admiración vendrá a ser una confirmación de reconocimiento de la existencia y valor de León María. En la novela esto será definitivo para que nuestro personaje sea invitado a la reunión con los doctores de Cali. Para Hegel el deseo de reconocimiento puede estar acompañado de la lucha por el poder, y es en esta parte de nuestra historia donde empieza a configurarse como deseo y consecución en León María.  

La inclinación natural del hombre es el deseo de poder

Para Hobbes la inclinación natural primordial de todo hombre “es un perpetuo deseo e incansable deseo de conseguir poder tras poder, pero no solo satisfacer los deseos sino garantizar para siempre “el camino de los deseos futuros”. Acorde con la perspectiva que aquí abordamos,  la teoría hobbesiana está fuertemente ligada con el Estado. El autor define éste último como el Leviatán, la gran bestia marina que relata la Biblia (Job 41, 25-26), el depositario del poder mayor. Esta bestia es creada por los propios hombres ante la incapacidad de convivir pacíficamente, pues el estado de naturaleza del hombre, según Hobbes, es un estado de guerra permanente por el poder y la satisfacción de los deseos y necesidades propias.  

En la guerra la  supremacía sobre un contendiente repercute en una forma de poder. Cada hombre necesita de otro que reconozca  su superioridad. En la novela León María Lozano busca satisfacer su deseo de reconocimiento mediante el dominio sobre los demás. Para él la propuesta de la represión armada, coordinada desde Tuluá, significaba la oportunidad de defender su partido, pero también de adquirir poder:  

…Para él quizás no significaba tanto Tuluá como el Partido Conservador y quizás por eso, o porque la vanidad seguía picándole y mirando a quien le hablaba, con el mostrador de por medio, veía las posibilidades de convertirse él en el jefe dejando a un lado hasta a don Manuel Victoria Rojas. Pág. 58. 

Don Julio se quedó callado, tan callado, que León María creyó que en verdad había perdido la posibilidad de reemplazarlo en la jefatura del partido en Tuluá. Pág. 60 

Por eso cuando adquirió el poder no se privó de la oportunidad de ostentarlo y ejercerlo, pues el prestigio de que se tiene repercute en más poder. Empezó a disponer sobre la vida de los pobladores, de los líderes del partido opositor y los periodistas; ordenaba la destrucción de pueblos, la liberación de los presos y designaba el alcalde: 

Fue por esos días cuando León María ya no solamente entraba al Happy Bar sino que paseaba por los salones del cuartel de la policía o por las dependencias del alcalde. Él hacía los nombramientos de maestros, los de inspectores de policía y revisaba toda la correspondencia oficial que a esos despachos llegaba. El comandante de la policía no tomaba una determinación sin antes consultársela. Pág. 88. 

Pero quizás su mayor prestigio de poder no lo otorgaba el sometimiento de sus poblaciones subordinadas, sino el desafío al propio Aparato de Estado que lo había auspiciado: 

…De tal modo daba él esas órdenes que en las capitales fueron volviéndose temerosos y cuando algún nuevo funcionario mandó una orden que lo sacaba de quicio y él aparecía en los pasillos del palacio de San Francisco en Cali, se originaba una conmoción….Pág. 88. 

En la novela vemos como León María Lozano se transforma; con los actos que le permite su poder experimenta una segunda confirmación de su reconocimiento: la sumisión. La primera afirmación, en apariencia más positiva, era la admiración y la había experimentado con la defensa del colegio de los salesianos. Tras la sumisión se esconde el odio, pero ¿este será deseable por una persona? Todorov nos dirá que “ser odiado por todos, excepto por uno mismo, es un estado que puede ser incluso deseable. Un aborrecimiento de este tipo no acarrea la muerte del YO, si no que lo llena de un sentimiento de arrogancia que le permite sobrevivir durante siglos y clamar su cólera frente a un mundo de odio”[12]. “Cuanto más ascendemos en la escala del crimen, más grande es el poder que probamos; éste trae aparejado el respeto de los individuos, aunque no sea el de las instituciones, depositarias de los valores sociales[13]”. 

De esta forma queda claro como  los Aparatos Ideológicos de Estado encontraron en el deseo de poder y reconocimiento de nuestro personaje central los elementos ideales para desplegar toda una estructura de terror.  Es cierto que las ideologías actuaron sobre León María Lozano como lo indica Roberto Vélez Correa, pero no podemos olvidar que nuestro personaje tenía intereses propios por los cuales acataba o violaba los mandatos de dichas ideologías. Ejemplo de ello es que a pesar de ser un devoto católico, no tuvo ningún problema en sostener una relación extramatrimonial con María Luisa de la Espada. Aspectos como estos muestran como la novela construye personajes complejos y dinámicos que no existen en función específica a una tesis. Tienen un universo propio, con necesidades humanas que suscitan otros análisis para comprender la violencia en la obra y que van más allá del simple sectarismo político.  

Privatización del Aparato Represivo de Estado 

Continuando con  la corriente temática que da título a este ensayo, vemos que “El Cóndor”, a pesar de desafiar la institucionalidad gubernamental, él y su banda de “pájaros” son una forma privativa de Aparato Represivo de Estado que, gobernado por el Partido Conservador, pretendía consolidar su hegemonía política mediante el asalto a poblaciones liberales, el asesinato sistemático de sus habitantes y las intimidaciones a los sobrevivientes: 

En esas condiciones la policía fue cambiada a liberal porque había necesidad de proteger la vida, honra y bienes de los ciudadanos y los liberales también lo eran. Los conservadores no se quedaron atrás… formaron ellos mismos su policía privada y le dieron funciones específicas con miras a las elecciones presidenciales. Pág. 57. 

Al alcalde lo habían nombrado por León María y a los policías los sostenían con los robos de los bolsillos de los muertos que ellos religiosamente entregaban sin un centavo, y apenas con la cédula para que los identificaran como liberales en el momento de ponerles la cruz encima. Pág. 109.

 

A lo largo de toda la novela el autor deja ver un marcado interés por hacer explícitas estas relaciones entre los “pájaros”, los alcaldes municipales, la policía y los directorios políticos conservadores, en lo que podría interpretarse como un claro legado literario para la memoria histórica de la represión gubernamental y partidista sobre el pueblo.

En un sistema democrático el Leviatán, o sea el Estado, se adjudica el monopolio legítimo de las armas y el uso legal de la violencia, bajo la inspección del sistema judicial. Giorgio Agamben sostiene que “el soberano es el que, proclamando el estado de excepción y suspendiendo la validez de la ley, señala el punto de indistinción entre violencia y Derecho[14]”. En ese sentido la policía en nuestra novela actuaba en un permanente estado de excepción.

No siendo suficiente lo anterior, con la privatización de su Aparato Represivo, el Estado quedaba liberado de cualquier control judicial y en nuestra novela la fracción de clase de dominante, en este caso el partido azul, aprovecha el poder para evadir las leyes en que él mismo Estado se funda.

Althusser nos recordará que no solamente el Aparato de Estado se reproduce así mismo mediante el nepotismo, las dinastías políticas o militares, también a través de la represión  se asegura las condiciones políticas para el ejercicio de los Aparatos Ideológicos. Esta represión va desde la fuerza más brutal, las órdenes y prohibiciones administrativas, hasta la censura abierta y la intimidación. En Cóndores no entierran todos los días, Gustavo Álvarez Gardezábal configura diversos Aparatos Ideológicos, entre ellos el Político y el Religioso, pero la representación más elaborada en la novela que permite sustraer un sistema articulado de forma progresiva es el Aparato Ideológico Informativo.  

Aparato Ideológico Informativo: Aparato estratégico en Cóndores no entierran todos los días.

En nuestra novela periódicos como Relator, El Tiempo, El Siglo,  el noticiero  radial de Pedro Alvarado, la voz católica y en menor medida la revista norteamericana Life, van a ser significativas en el desarrollo de la historia. En el período que recrea la diégesis se va a dar en Colombia una modalidad de Periodismo que Julián Gonzáles[15] clasifica como Periodismo Informativo-Ideológico. Esta enunciación enfatiza más la función política y partidista del periodismo colombiano. Para Gonzáles el Periodismo Ideológico se da en un transfondo de agitación social generalizada, privilegiando al comentario, la opinión y  el editorial como sus principales géneros. Las ideas que en ellos promueven se articulan al poder de la movilización ciudadana. La función y objetivos de la información se relacionan con la afirmación de la voluntad política, en torno a proyectos de conservación o alteración del orden social. Los lectores son pensados como agentes de la movilización.

Esta modalidad de periodismo es controlada mediante la censura, bajo el argumento de que las ideas articulan voluntades y prácticas efectivas para la movilización que  pueden afectar el “orden” o la estructura dominante.

Para el Periodismo Ideológico el tipo de  destinario pensado es el hombre de la familia clásica patriarcal, ya sea burgués, ilustrado, obrero, hombre de ideas o religioso. La esposa y los hijos son pensados como “incompletos” respecto a la autoridad del padre.

Cóndores no entierran todos los días construye muy bien esta situación, propia del período histórico que busca representar: familias altamente jerarquizadas donde la fuerza es un indicativo decisivo del poder, la autoridad y la mano dura. Poder expresado con la violencia física, las prohibiciones y restricciones a los aspectos más elementales de la vida cotidiana, articulado esto con los intereses del periodismo ideológico:

 

León María, sin embargo, la obligaba todas las tardes (a Agripina), mientras él tenía los pies en agua caliente, a oír los editoriales de El siglo que él leía en voz alta tratando de no olvidar la costumbre cuando su padre quedó ciego. No compraba ni leía otro periódico y no dejaba oír otra emisora distinta a la voz católica. Todo lo demás o no era conservador o no era católico y ni a él ni a su familia le podía interesar. Pág. 50. 

Como Aparato Ideológico las ideas que difundían los periódicos eran pensadas en beneficio de la movilización social y el discurso en plaza pública: 

Agripina tenía muchas veces que oír dos y tres veces el mismo editorial de El Siglo porque, o el no entendía, o quería aprendérselo de memoria para recitarlo en la vez que los jefes de su partido lo dejaran hablar en una concentración. Pág. 51. 

Si el Aparato Represivo funcionaba, esencialmente, mediante el uso de la fuerza y era ejercido por los “pájaros”, los Aparatos Ideológicos eran el campo de las luchas partidistas. En la obra vemos como los periódicos se enfrascaban en luchas por la victimización de sus propios partidarios, con el fin de enardecer a las masas populares y desacreditar al partido opositor: 

La disculpa fueron los muertos que bajaban todas las noches por el Cauca. El Siglo dijo que eran conservadores y El Tiempo que eran liberales, pero en La Virginia, donde los atajaban con la  barriga a reventar, la cara mordisqueada por los peces y las extremidades casi siempre quebradas a palo, ninguno de los muertos llevaba papeles de identificación. Pág. 57. 

Las luchas por el control de los Aparatos Ideológicos adquiere un vencedor, es la fracción de clase que detenta el poder del Estado y su Aparato Represivo. Cóndores muestra paso a paso la represión sobre los medios informativos o de ideología opositora. 

Autocensura, censura y cooptación de la agenda informativa

En las siguientes  citas mostraré como en la novela de Gardeazábal se articula un sistema represivo contra los Aparatos Ideológicos Informativos en un proceso gradual dividido de la siguiente forma:

Autocensura:

Pedro Alvarado no lo quiso comentar en su noticiero, pero pasó en las tres emisiones restantes la misma noticia y leyó el mismo comunicado de la policía. Pág. 65. 

En esta cita, en medio del incremento de homicidios que se cometían en Tuluá, Pedro Alvarado ya se priva de comentar la información, sustrayendo sus ideas y opiniones que para el momento histórico eran el insumo más significativo del  periodismo. Se limitará a darle voz a la policía leyendo su comunicado oficial. Pero la represión de Estado irá más allá prohibiendo de forma directa la divulgación de información.

Censura:

Pedro Alvarado lo dijo esa noche por la emisora en la última emisión del noticiero. El alcalde, un militar que había llegado esa tarde a reemplazar al antiguo, le impuso multa de quinientos pesos y la suspensión del noticiero por tres días. Pág. 72 

La censura que el gobierno fue implantando poco a poco en los periódicos (…) dejó casi sin noticias a media nación. Relator fue el último en callar la boca porque se las ingenió para publicar las noticias de los crímenes con otros títulos. Sin embargo alcanzó a circular el 23 de octubre de 1952…Al 24  ya no habló de nada más. 

Aunque se podría pensar que la censura es la estrategia de control  más efectiva frente a los Aparatos Ideológicos Informativos, la novela de Gardeazábal nos muestra como la cooptación de la agenda informativa de los medios opositores, en beneficio  de la fracción de clase en el poder, resulta más provechosa para la dominación, pues, sin prohibir la publicación, aprovecha los recursos del medio opositor para difundir las ideas del partido dominante:

Cooptación de la agenda informativa

(Acerca del Relator)  Su primera página se convirtió en página social y la de la crónica roja en un resumen de los mágicos informes del comando departamental de policía que disculpaban de manera fabulosa los muertos que a diario entraban  por la puerta del anfiteatro. Pág. 87

 

Pedro Alvarado, el dueño de la emisora, intentó denunciar el atropello que se cometía con la complacencia de las autoridades municipales, pero tuvo que verse obligado a leer el decreto número 1453 del gobierno nacional por el cual la condecoración de la Orden de San Carlos era entregada al ilustre colombiano don León María Lozano, gestor de muchas lides cívicas, patrocinador indiscutible del bien público, a quien oscuros asesinos habían intentado ponerle fin creyendo así privar a Tuluá del más egregio de sus hijos. Pág. 102. 

Ideología, poder y violencia, un trinomio atroz en la obra de Gardeazábal.  

Con Cóndores no entierran todos los días Gustavo Álvarez Gardeazábal alcanza una representación compleja de la “Violencia” en Colombia, articulada en un sistema que subyace a lo largo de la obra. A pesar que la mayor violencia es ejercida por los conservadores, el autor no cae en una narración “liberalizante” ni simplemente victimista del partido rojo. El sectarismo y las ideologías políticas se conjugan con necesidades sumamente humanas de los personajes. El autor construye una historia contada desde adentro y aprovechando recursos de gran fuerza expresiva como la tradición oral caracteriza la idiosincrasia de Tulúa y sus habitantes.

En la novela, al igual que en el hecho histórico, Tuluá no hubiese sido la misma sin los pájaros y éstos no hubiesen  sido los mismos sin el apoyo de la élite política conservadora y el Aparato de Estado. Cóndores no entierran todos los días muestra, paso a paso, una forma de ejercicio de poder mediante el Aparato Represivo que Althusser distinguió como de dominio público u oficial; en esta obra vemos su privatización.  

La novela de Gardeazábal no gira alrededor de la recreación de un hecho, aborda un proceso. En el fondo, el discurso que subyace destaca la transformación de una violencia dirigida hacia una violencia desbordada que escapa al control de sus propios creadores. Como lo destaca Pecaut “De enfrentamiento ideológico de conjunto, provocado y dirigido por las élites, la Violencia se transforma en una miríada de masacres contra los semejantes, los vecinos, los próximos; la venganza, el miedo, el deseo de aprovecharse  de las circunstancias tienen un lugar importante” [16].

En una época convulsionada por las ideologías, las élites políticas, mediante los “pájaros”, hacen de la violencia sistemática una estrategia. En la novela  es instrumentalizada por individuos organizados en redes de poder que convierten la cordillera occidental en la “Cordillera Azul”. La violencia se degrada, se vuelve atroz; del tiro en la nuca de los primeros crímenes se pasa al descuartizamiento a machete, al exterminio del liberal y de su lugar de residencia. El respeto inicial por la vida de las mujeres se pierde, igual que el de los niños, mostrando como la “brutalización de las costumbres” desmiembran cualquier principio ético.

Aquí la violencia política se despolitiza, se vuelve instrumental, lucrativa, se articula con el bandidaje y  se expande por los municipios de la cordillera, escapando al propio control de León María Lozano y de la élite que la auspició.

La violencia en la obra va impregnando de a poco la vida de todos los habitantes de Tuluá, provocando el deterioro de los movimientos sociales, el  fin de las actividades de deliberación pública opositora y el silenciamiento forzado de la protesta y la denuncia en las mayorías populares. La población “en muchos casos adopta como su propia estrategia individual una manera de replegarse sobre su vida privada, es decir, de no meterse en los asuntos generales”[17]: 

Los pájaros fueron sumiendo a Tuluá en un mutismo tan exagerado que cuando enterraban siete en un día, nadie se inmutaba. Pág. 96. 

(La esposa de Fabriciano Pulgarín)Cayó desmayada junto al casi cadáver de su marido  y no volvió nunca más a pronunciar palabra…y se sumió en un silencio total,  hasta el punto que olvidó hablar. Pág. 125. 

El silencio en que se sume la esposa de Fabriciano Pulgarín es la metáfora del silenciamiento forzado a las mayorías populares de todo un pueblo, a través de la violencia física y simbólica, la ruptura de los tejidos social y familiar, provocando la atomización de los sujetos y sus repliegues frente a una violencia instituida por el propio Estado, desplegada mediante sus Aparatos Ideológicos y la privatización de su Aparato Represivo, representada magistralmente en Cóndores no entierran todos los días. 

BIBLIOGRAFIA 

  • ALTHUSSER, Louis. Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Editorial Tupac Amaru. Bogotá.
  • AGAMBEN, Giorgio. Medios sin fin. Editorial Pretextos.
  • ALVAREZ, Gardeazábal, Gustavo. Cóndores no entierran todos los días. Ediciones Destino. Barcelona, 1974.
  • BETANCOURT, Darío, García, Martha L. Matones y cuadrilleros. Origen y evolución de la violencia en el occidente colombiano. 1946-1965.Tercer Mundo Editores. Bogotá, 1990.
  • BELL, Daniel. El fin de las ideologías. Editorial Tecnos S.A. Madrid, 1964.
  • GONZÁLES, Julián. Repensar el periodismo. Transformaciones y emergencias del periodismo actual. Programa Editorial de la Universidad del Valle. 2004.
  • HOBBES, Thomas. Leviatán. España,  Altaya.1994.
  • MARX, Karl. El capital. Editorial Orbis, España.1984.
  • PECAUT, Daniel. Violencia y política en Colombia: elementos de reflexión. Colombia, Hombre Nuevo, 2003.
  • TODOROV, Tzvetan. La vida en común. Ensayo de antropología general. Pág 130. Editorial Taurus.
  • VERON, Eliseo. El proceso ideológico.  Página 18. Compilación. Editorial Tiempo Contemporáneo. Buenos Aires. 1971.
  • VÉLEZ, Roberto C. Gardeazábal. Editorial Plaza y Janés. Bogotá, 1986.

Notas al pie:


[1] ALTHUSSER, Louis. Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Editorial Tupac Amaru. Bogotá.

[2] Ibidem, pág 37.

[3] Ibidem, pág 51.

[4] Ibidem, pág 57.

[5] BELL, Daniel. El fin de las ideologías. Editorial Tecnos S.A. Madrid, 1964.

[6] VERON, Eliseo. El proceso ideológico.  Página 18. Compilación. Editorial Tiempo Contemporáneo. Buenos Aires. 1971.

[7] VÉLEZ, Roberto C. Gardeazábal. Editorial Plaza y Janés. Bogotá, 1986.

[8] Ibidem, pág 79.

[9] TODOROV, Tzvetan. La vida en común. Ensayo de antropología general. Pág 130. Editorial Taurus.

[10] Ibidem, pág 143.

[11] PECAUT, Daniel. Violencia y política en Colombia: elementos de reflexión. pág 20 Colombia, Hombre Nuevo, 2003. 

[12] Ibidem, pág. 124.

[13] Ibidem, pág 136.

[14] AGAMBEN, Giorgio. Medios sin fin. Editorial Pretextos.

[15] GONZÁLES, Julián. Repensar el periodismo. Transformaciones y emergencias del periodismo actual. Programa Editorial de la Universidad del Valle. 2004.

[16] PECAUT, Daniel. Violencia y política en Colombia: elementos de reflexión. Capítulo: Memoria imposible, historia imposible, olvido imposible. Colombia, Hombre Nuevo, 2003.

[17] Ibidem. Capítulo: ¿Es posible una interpretación global de los fenómenos recientes de violencia en Colombia?

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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