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Por: Enrique Buenaventura
Qué entendemos por dramaturgia
El Teatro no es un género literario. Esta afirmación, que
hace algunos años resultó -en un
seminario, en Caracas- polémica y
hasta escandalosa, es hoy un punto
de partida en los estudios de
semiótica teatral. Dentro de este
orden de cosas se dice que el teatro
no es ni más ni menos que el momento
efímero en el cual se produce una
relación entre actores y
espectadores.
En otros términos, el teatro es el espectáculo que organiza
diferentes lenguajes sonoros y
visuales, uno de los cuales es el
lenguaje verbal. Todo el mundo sabe
que ese momento es irrepetible, que
no hay dos funciones iguales, en la
medida en que el público influye
decisivamente en cada ocasión,
aunque la estructura básica del
espectáculo de la impresión de
permanecer intacta.
Lo que solemos llamar una obra o una pieza teatral hace,
naturalmente, parte de la literatura
y hasta podemos hablar de un género
dramático, dialogado, o como se lo
quiera llamar, siempre y cuando no
lo confundamos con el espectáculo.
Ya el famoso comediante italiano Angelo Beolco, llamado
Ruzzante (siglo XVI) estableció esta
diferencia con entusiasmo: "Os juro
por Hércules y Apolo que mis
comedias fueron dichas de manera muy
distinta a como aparecen ahora
impresas, por la sencilla razón de
que muchas cosas se ven bien en el
papel se ven mal en escena".
Según Gaspar de Porres, editor, "Lope (de Vega) nunca las
hizo (las comedias) para
imprimirlas" y el mismo Lope
advierte que las compuso para
habladas en escena y no para leídas
en los aposentos.
El “genotexto”
La inventora del término es Julia Kristeva, la conocida
semióloga francesa. Por tal término
ella entiende la matriz, configurada
por una gran variedad de textos,
literarios o no, donde se gesta un
texto literario. Pues bien, el
genotexto de un texto escrito para
el teatro, como muy bien anota Anne
Ubersfeld, es la práctica teatral.
"En cierto sentido, la
'representación', en la más amplia
acepción del término, es anterior al
texto. El escritor de teatro, cuando
no está metido en la producción
teatral, no escribe, en todo caso,
sin la perspectiva inmediata del
objeto-teatro: la forma de la
escena, el estilo de los actores, su
dicción, el tipo de vestuario, el
tipo de historia que cuenta, el
teatro que él conoce". Una revisión
contemporánea de las traducciones de
Shakespeare en francés, hizo notar a
los estudiosos que las versiones
conocidas pasan por encima de
ciertas connotaciones impuestas a
esos textos por el espacio concreto
del teatro isabelino. El escritor de
teatro parte de la práctica teatral
para desarrollarla o para
transformarla como Valle Inclán o
Brecht, para citar dos casos
modernos. En resumen, la práctica
teatral engendra textos que a su vez
desarrollan y transforman esa
práctica.
Interpretación e interpretación
"La idea que ha prevalecido en el teatro occidental es
aquella -extrañísima si la miramos
bien- según la cual el espectáculo
es la puesta en escena de un texto.
Como se Vd., es una idea que parece
derivar no de la concreta vida
teatral sino de la ideología
jurídica o religiosa, que concibe el
'texto' como algo inamovible en su
forma, en la 'letra', e
interpretable en la sustancia, en su
espíritu”.
Es posible que tal ideología jurídica o religiosa tenga
que ver con el origen de esa
"extrañísima" idea. Parece, sin
embargo, que la división del trabajo
que precede y sigue a la revolución
industrial, aquella que ordena las
relaciones de producción como
relaciones entre los que "conciben"
y los que "ejecutan", ejerció una
decisiva influencia. De todos modos,
como anota Ferdinando Taviani en el
artículo citado, las razones para la
implantación de la dichosa "idea"
constituyen "una historia confusa e
incluso ignorada" pero la idea misma
"no puede ser considerada como un
dogma teatral" y el uso que de ella
se hace "no es el único posible ni
el más justo”.
Contra esta "idea" de que el montaje es una "traducción" o
una "interpretación" del "texto", se
pronuncia, con gran claridad, Anne
Ubersfeld,: "Vemos cómo, desde un
simple punto de vista teórico, el
enunciado, en un texto de teatro, si
bien tiene significación, no tiene
todavía sentido. Adquiere sentido en
cuanto deviene discurso, cuando
vemos cómo se produce, por quién y
para qué es producido, en qué lugar
y en qué circunstancias. Vemos cómo,
para pasar del texto de teatro
(diálogo) al texto representado, no
se puede hablar de traducción ni de
interpretación, sino de producción
de sentido”.
Ahora bien, si el texto escrito no es ni más ni menos que
uno de los lenguajes del texto del
espectáculo (el cual establece una
organicidad discursiva con los otros
textos o lenguajes no verbales), el
concepto de dramaturgia no debe
reducirse a los textos escritos para
el teatro.
La dramaturgia de los actores
La "creación colectiva" no es un invento moderno ni, mucho
menos, como quieren algunos, una
moda pasajera del teatro colombiano
y latinoamericano. Con metodologías
diferentes ha existido desde que hay
teatro. Uno de los movimientos
teatrales en los cuales la creación
colectiva logró un verdadero apogeo
fue el de la Commedia dell'Arte
(siglos XVI y XVII) llamada,
también, "teatro all'improvviso". La
Commedia fue una verdadera
revolución teatral y se constituyó
en el genotexto de los grandes
textos del barroco en España, del
teatro isabelino y, especialmente,
del teatro de Molière. Fue, por
excelencia, un teatro de actores y
estableció una nueva relación con un
nuevo público.
Partiendo de los tipos (Arlequín, El Capitán, Pantalón,
etc.), los actores escogían un
argumento (los argumentos de la
narrativa de aquella época, en
Italia, abundaban en truculentas
intrigas amorosas) y a partir del
argumento elaboraban un "canovaccio",
algo como lo que hoy, en lenguaje
cinematográfico, conocemos como
"guión". Este guión no era la simple
organización en acciones de las
intrigas del cuento. Por el
contrario, el guión era la
conversación de la materia
significante narrativa en materia
significante teatral y, aunque no se
lo plantearan en estos términos, los
cómicos italianos eran bien
concientes de la diferencia
existente entre las dos materias o
sustancias. El guión se valía del
argumento para mostrar lo que era
propio del teatro en el concepto de
ellos: la satisfacción tan inmediata
como fuera posible y por cualquier
medio de los impulsos amorosos y
eróticos y el espíritu vivaz, la
agudeza y la falta de escrúpulos de
los criados, incluso la superioridad
de éstos sobre los amos. Las
acciones que ordena el guión no eran
para ellos un problema literario
sino un problema visual. "Los
sentimientos tienen aquí (en la
Commedia) una traducción visual, lo
mismo que los motivos de la intriga
de tal modo que la intriga "sólo
proporciona la ocasión para el juego
de la expresión teatral",9, y el
profesionalismo del actor consistía
en que "sabe secundar aquellos que
lo acompañan en el escenario, sabe,
en otros términos, acoplar tan
perfectamente sus palabras con sus
acciones y ambas con las palabras y
las acciones de sus compañeros, que
logra introducirse
intempestivamente, en la línea de
acción del otro, haciendo lo que el
otro le solicita, con tanta
precisión que todo el mundo crea que
se trata de algo preparado". Si
tenemos en cuenta que réplicas y
movimientos eran improvisados,
comprendemos toda la complejidad y
riqueza del oficio.
No tenemos tiempo, desgraciadamente, para extendernos sobre
este momento estelar de la creación
colectiva, pero es preciso subrayar
que esta dramaturgia de los actores
es la base, la matriz, de todo el
teatro moderno de Occidente. Esta
participación dramatúrgica de los
actores se mantiene hasta fines del
XVII como lo prueban documentos del
teatro isabelino, del teatro barroco
español y del teatro de Molière.
Vendrán después, en su orden, la
tiranía del texto y la del director,
las cuales irán reduciendo más y más
el espacio dramatúrgico del actor.
No se trata de "regresar" a la
Commedia dell'Arte, puesto que
regresar es imposible, sino de,
manteniendo el rol del texto
literario y el rol del director (así
como del escenógrafo, etc.)
reconquistar para el discurso de
montaje el espacio perdido de la
dramaturgia del actor.
Se suele reducir la creación colectiva al proceso de la
elaboración del texto por los
actores y oponerla al "teatro de
autor". La elaboración del texto por
los actores, que es una posibilidad
eventual y en ocasiones positiva de
creación colectiva, no define a esta
última en absoluto. Es más, la
escritura del texto (tarea
profundamente relacionada con la
práctica literaria) no es,
precisamente, función del actor. Su
participación dramatúrgica es en la
escritura del discurso del
espectáculo durante el proceso de
montaje. Puede darse (y ha habido
casos extraordinarios) el
actor-autor pero es preciso evitar,
al respecto, cualquier confusión.
Dentro del proceso de producción
dramatúrgica hay dos etapas y dos
discurso: la etapa de escritura del
texto verbal y la etapa de escritura
del texto del espectáculo (algunos
prefieren llamar a este último texto
partitura para mejor incluir en él
los lenguajes no verbales). El actor
(y es el caso de Molière) puede
participar en las dos a condición de
que no las confunda pero la creación
colectiva, que funciona
fundamentalmente en la segunda
etapa, puede perfectamente hacerse
con un texto ya escrito (clásico,
romántico, moderno o arcaico).
Con cualquier metodología, la creación colectiva se basa en
la improvisación a condición de que
ésta no sea utilizada para
comprobar, corroborar, mejorar o
adornar la concepción, las ideas o
el plan de montaje del director. A
condición de que se la reconozca -de
hecho y de derecho- como el campo
creador de los actores y de que se
la acepte como antítesis de los
planes de la dirección en el juego
dialéctico del montaje. Ello supone,
sin embargo, actores entrenados en
la improvisación y un grupo
relativamente estable. Parece
necesario aclarar que la creación
colectiva tiene por objeto
reivindicar lo colectivo en contra
de lo individual en nombre de
cualquier ideología política o
concepción filosófica o sociológica.
Si algo reivindica la creación es,
justamente, la dramaturgia del
actor, es decir, un terreno que le
ha sido arrebatado al actor desde
hace más o menos un siglo. No
significa esto, sin embargo, que la
creación colectiva produzca,
necesariamente, mejores espectáculos
que la forma tradicional de
producción basada en la
interpretación, por parte de los
actores, de la concepción y los
planes de la dirección. Fuera de que
los términos "mejor" o "peor" no son
absolutos, el objetivo de la
creación colectiva no puede ser el
de "mejorar" los resultados aislados
y circunstanciales de la producción
teatral establecida, del
"establecimiento" teatral.
Sería insensato tratar de probar que la Commedia dell'Arte
produjo espectáculos "mejores" que
la comedia latina o la humanística
(para no remontarnos más). Lo que sí
se puede probar es que la Commedia,
por su revolución escénica, hizo
posible la ruptura de los moldes
clásicos, defendidos por una
retórica humanista y organizó la
expresión de un "nuevo mundo" a
través del teatro.
La reconquista de la dramaturgia del actor (con el rigor y
las precisiones que hemos exigido
antes) es, por lo tanto -pensamos
nosotros- una condición
indispensable para la creación de
una dramaturgia nacional y
latinoamericana y para la renovación
del teatro en general, para salvarlo
de ese síndrome mortal que son las
repeticiones "multinacionales" de un
éxito. No se trata de cambiar los
resultados sino de una revolución en
la materia del quehacer teatral que
permita los errores, los fracasos y
los tanteos que todo nuevo modo de
producir sentido debe necesariamente
afrontar para expresar una nueva
época y una nueva vida.
Cuando hablamos de Dramaturgia nacional y latinoamericana
no lo hacemos, por supuesto, en
nombre de ningún nacionalismo o
regionalismo. Nadie puede negar el
carácter universal de las más altas
expresiones de la literatura
latinoamericana de hoy, pero nadie
puede negar su carácter
latinoamericano, su compenetración
con realidades específicas y nuevas,
su relación con la vida de estos
países. Macondo puede ser el
arquetipo de esta simbiosis.
La tarea de una dramaturgia que quiera ponerse a la altura
de esa literatura no es sólo tarea
de unos escritores de teatro. Es
tarea del teatro todo y, sobre todo,
es tarea de los actores porque ellos
son el teatro siempre y cuando no se
dejen reducir a la condición de
virtuosos intérpretes de
concepciones que de una u otra
manera les son impuestas. Para ello
es necesario pasar de la condición
de "histrión" a la condición de
actor, de la condición de intérprete
a la de creador que tiene el derecho
y el deber de intervenir
(metodológicamente) en todos los
niveles y aspectos del proceso de
producción del discurso del
espectáculo y en las relaciones de
éste con el público.
Sólo un proceso de producción que organice la participación
creadora de los actores en todas las
etapas y niveles del discurso del
espectáculo puede ser el genotexto
de textos que no sean meras
imitaciones o adaptaciones de la
tradición o la vanguardia del teatro
occidental, de textos que elaboren
su lenguaje y sus personajes con las
realidades que hoy y aquí vivimos,
mediante esa asimilación de todas
las influencias que solo da la
madurez de una expresión artística.
Mucha gente se preguntará (especialmente los lectores que
no están íntimamente relacionados
con el quehacer teatral y a quienes
va dirigido este artículo) por qué
planteamos como indispensable la
participación creadora de los
actores, la reconquista del espacio
de la dramaturgia del actor, para el
desarrollo de una dramaturgia
nacional y latinoamericana. A fuerza
de reiterativos debemos insistir en
que el teatro es el discurso del
espectáculo en el momento mismo en
que el teatro es el discurso del
espectáculo en el momento mismo en
que se relaciona con el público y
los creadores de ese discurso son
fundamentalmente los actores.
El rol de la dirección no es otro que el de crear las
condiciones propicias a esa
creación, condiciones objetivas, es
decir metodológicas y subjetivas, es
decir estimulantes e incitadoras y
el de estar atento a la totalidad, a
la organicidad de la estructura, la
cual escapa al actor por razón de su
inmersión en la continuidad. En la
elaboración del discurso de montaje,
como en la de todo discurso, hay dos
ejes: el de selección o
substitución, llamado paradigmático
y el de continuidad, llamado
sintagmático. Normalmente, en la
división del trabajo de puesta en
escena, el paradigmático es el eje
del director y el sintagmático el de
los actores, de allí que la
contradicción entre los dos ejes se
convierta en contradicción
dialéctica entre improvisación y
dirección.
Admitimos que esto en teoría aparece relativamente sencillo
pero en la práctica (además de
requerir condiciones especiales de
trabajo) es azaroso y extremadamente
complejo como, por otra parte,
ocurre con cualquier empeño de
transformación de sentido.
Las experiencias (artísticas y de vida) de los actores, su
imaginación creadora, sus relaciones
con el texto, con los personajes,
con el espacio y el tiempo, la
música, la gestualidad, etc. son
indispensables para renovar el
teatro no sólo aquí, sino en
cualquier parte.
Cali, Junio de 1985 |