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La importancia de no seguir esperando

Por: Oscar Collazos

No volveré a hablar de Marcel Proust ni Nabokow, de Joyce o Ezrs Pound. Prometo que nada diré de Gram. Greene o Robert Musil. Nada de Virginia Wolf y Herman Broch, de Marguerite Yourcenar o Robert Graves, que se murió en Deià, Mallorca, soportando el estigma de ser el poeta vivo más “importante” en lengua inglesa.

Cada uno, por separado, y nosotros, en amorfa masa de admiradores, sabemos que es más fácil sobrellevar la injusticia que soportar el equívoco del éxito, sobretodo cuando éste está legitimado por la dudosa unanimidad de un gran Premio.

Sería preferible hablar de Joao Guimaraes Rosa, de Juan Rulfo y Alejo Carpentier, de José Lezama Lima y Juan Carlos Onetti, ya que es prácticamente imposible pensar que los suecos anteriores a 1959 conocieran la obra inmensa de Alfonso Reyes, como sí es probable que, de paso, hubieran leído traducciones de César Vallejo y Vicente Huidobro. El olfato académico, incluso el presumible olfato heterodoxo de Arthur Lundquist, debe de haberse acercado a la más grande heterodoxia de la prosa en lengua española, la de Julio Cortázar. Pero se dice que alguna vez Lundquist, un buen poeta traducido de no se sabe qué idioma por Octavio Paz, juró no proponer el Nobel para Borges mientras él siguiera vivo y tuviera la sensatez (añadido del articulista) de arrepentirse por habérselo concedido a Miguel Angel Asturias.

La historia del Nobel es una historia de olvidos y corroboraciones. Esto lo saben los escritores, aquellos que han entrado en las listas de espera. Lo sabía Alejo Carpentier: en 1973, en su apartamento del Hotel L’Aiglon de París, estaba seguro de que le concederían el Nobel.

Me enseñó sus obras publicadas en ediciones escandinavas. Lo esperaba.

Murió sin recibirlo, lo sabemos todos, no resta méritos a una obra que dio el salto del regionalismo a la modernidad de una prosa que en sus mejores, espléndidos momentos, no pasó del siglo XVII.

Cortázar no debió de tomarse en serio su postulación. Mucho menos Juan Rulfo, ensimismado en una Comala de la que había “sacado” dos de las obras más perfectas de la prosa contemporánea. En cuanto a Guimares Rosa… hay que decir que los suecos estaban demasiado ocupados en el acto de deshojar la margarita sobre la cabeza de Jorge Amado que jamás pensaron en la grandeza de ese diplomático que había sacudido el idioma portugués del siglo y que si hallaba, en su idioma (que no es su lengua) un antecedente, ése no era otro que Fernando Pessoa.

Carlos Fuentes, sensible en apariencia a estas decisiones mundanas, pero más sensible aún a lo que su obra representa como reto (la novela es un purgatorio en el que se conectan la poesía y el ensayo y la memoria cultural de un pueblo), deberá esperar que el Nobel dé la vuelta por otros idiomas o por coyunturas políticas más recientes antes que en Estocolmo apunten hacia su obra. Juan Carlos Onetti, escritor que parece dar más importancia al escepticismo que a la gloria, ya no podrá tener el disgusto de ver su casa invadida de informadores.

Entre Santa María y Madrid hay un abismo pero también el puente trazado por el genio narrativo y el “reposo del guerrero”. Su “compadre” Juan Rulfo lo consuela en la pena. Los dos juntos no excusan el error de apreciación de los suecos. Todo premio, al igual que todo olvido, es eso: un fenómeno de apreciación.

Camilo José Cela, un prosista notable y a veces excelente, se dedicó durante más de veinte años a denigrar de los novelistas latinoamericanos posteriores a 1930. Llegó a decir (palabra más, palabra menos), que todo ese embeleco ya estaba inventado por la novela regionalista de los años 20. Quienes leímos su boutade, o ese exabrupto de su pancreas gallego (mucho lacón con grelos, mucha ventosidad gargantuesca), pensamos que justificaba así el haber escrito a sueldo (de Pérez Jiménez), un disparate llamado La Catira, epígono de Doña Bárbara, La Vorágine y Don Segundo Sombra. Pero Cela es otro cuento o es el cuento del prosista que sólo hace 40 años sabía que también hablaba en prosa.

Sólo hay que tomarse en serio el Nobel cuando acierta, se suele decir cada vez que se “equivoca”. Aunque el verdadero equívoco sería suponer que ese Premio, el único del cual disponemos, es el equivalente de la infalibilidad de los suecos.

O de los dioses nórdicos, esa buena gente que tuvo el decoro de convertir un vulgar explosivo en una lujosa bomba de tiempo; tiempo perdido para quienes esperan, tiempo congelado en la gloria para quienes respiraron con el Premio.

Sabemos, con la constancia de une idée reçue (lo que llamamos lugar común y los españoles se empecinan en llamar tópico), que André Gide, en la cumbre de la celebridad y siendo ya el Papa de las “cuevas del Vaticano” de Gallimard, rechazó el primer tomo de A la recherche du temps perdu. Con ese gesto, perdió el tiempo de la generosidad.

Si un hombre como Gide, cuya inteligencia fue tan aguda como exquisitamente intolerable nos resulta hoy su prosa; si un hombre como Gide se permitió la miopía y mezquindad de rechazar a Marcel Proust, no puede sorprendernos que toda una Academia se permita la ligereza de premiar a unos en detrimento de otros. El error de uno es más prominente que el error de muchos. Uno se equivoca, muchos tienen razón. Y ésta es la razón práctica del Nobel. A nosotros los lectores nos queda la razón dialéctica de seguir leyendo a Proust más que a Anatole France, a Nobokov más que a Camilo José Cela, a Borges más que a Asturias, a Cortázar tanto como a Guimaraes de la Rosa, a Juan Rulfo tanto como a Vallejo y Pessoa, a Joyce tanto como a Robert Musil, por encima del accidente, a veces provocado, otras veces inexorable, de ver cómo algunos escritores permanecen en los manuales mientras desaparecen de nuestra memoria. W.H. Auden resume este malentendido en una frase: “Sólo la reseña que escribió Macaulay sobre Robert Montgomery nos mantiene aún bajo la ilusión de que este último fue un gran poeta”. Recordamos a Gide y a Proust, pero no tenemos la inexcusable laguna de perdonar al primero. Lo que quiere decir: los que están dentro no hacen olvidar a quienes se quedaron fuera. Pura topografía de gusto literario, esa cambiante dinámica de ser justo en el presente y el más injusto de los seres en la incógnita del futuro que traza toda lectura literaria. 

Magazín Dominical. El Espectador, No 393-Nov 04 de 199