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La narrativa de Andrés Caicedo y sus otros discursos.

La obra de Luis Andrés Caicedo Estela podemos ubicarla dentro del llamado “Posboom” en la literatura latinoamericana, un periodo en el que los escritores y las literaturas surgentes trataban de establecer una relación que los diferenciara de la que en décadas anteriores, pero con particular intensidad en los sesenta, dio a conocer comercialmente una nueva camada de escritores latinoamericanos al mundo y ponía al continente a la vanguardia en materia narrativa. Es imposible concebir la escritura caicediana sin la influencia de Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique y Gabriel García Márquez, y es frecuente, de hecho, encontrar rastros del llamado “macondismo” en su tempranísima obra. Algunas historias fantástico-mágicas, la apropiación de un castellano urbano latinoamericano que antes del “Boom” no había figurado en la literatura, la representación de la ciudad, o la predilección por personajes y mundos adolescentes son elementos que Caicedo construye basándose un poco en estas lecturas. Otra influencia latinoamericana que no se debe pasar por alto es la del Mexicano José Agustín, “de cuya novela Final de la laguna los jóvenes caleños sabían el dato exacto de cuantos cigarrillos de marihuana se fumaban sus protagonistas” a decir de Sandro Romero y Luis Ospina, influencia que lo emparenta directamente con lo el movimiento mexicano denominado literatura o narrativa de la onda que tiene muchas cosas en común con su literatura. 

Harto conocidas en la obra de Caicedo son también las influencias de Edgar Allan Poe y Howard Phillips Lovecraft. que alimentan particularmente su pasión por lo macabro y lo grotesco; y un poco menos conocidas son sus lecturas de Nataniel Hawthorne, Hermann Melville, Malcom Lowry, Henry James, James Joyce y Flanery O’Conor; lecturas que complementa su fanatismo por el cine, el rock y la salsa para crear un universo particularísimo inscrito en la ciudad de Cali. Alfred Hitchcock, Luis Buñuel, Roman Polanski, François Truffaut, Nicholas Ray, John Huston, Robert Aldrich, Roger Corman, Ingman Bergman y Jerry Lewis están entre sus cineastas favoritos; así mismo, es un hecho bastante conocido entre sus lectores y fans, que Caicedo había coleccionado todos los álbumes de los Rolling Stones y que cultivaba una devoción similar hacia The Beatles. Otros rockeros influyentes en su obra son Eric clapton y su banda Cream, Janis Joplin, Bob Dylan y The Animals. 

Respecto a estas dos últimas pasiones del escritor caleño, el chileno Alberto Fuguet escribe en su blog: Caicedo es de nicho, sí, y ese nicho fusiona lo que podría denominarse la sensibilidad emo con la furia del fanboy (los cinéfilos acérrimos y fetichistas) con la de un autor literario, una suerte de Cesare Pavese tropical […] es una suerte de Kurt Cobain literario y cinéfilo que es capaz de unir a los fans de André Bazin con los de Bob Dylan. Mientras García Márquez, el mismo año, se maravillaba con las mariposas amarillas, Caicedo se obsesionaba con Travis Bickle y Taxi Driver. Si a esto agregamos que esas influencias y lecturas ocurren en Cali, ciudad que determina definitivamente el mundo ficcional caicediano, faltaría solo anexar los nombres de Richie Ray y Bobby Cruz, Ray Barreto, Rubén Blades, Héctor Lavoe y las demás estrellas Fania para redondear parcialmente esta enumeración. 

No obstante las influencias, o mejor: gracias a estas, la literatura de Caicedo se caracteriza por haber logrado una voz propia dentro de la narrativa latinoamericana y por la construcción de un universo particular que se alimentaba de sí mismo para expandirse e imponerse a sus lectores como realidad literaria, y que alcanza su mayor elaboración en la novela Que Viva la Música. Al respecto Sandro Romero y Luis Ospina dicen en el prólogo a Destinitos Fatales que Andrés: “hablaba de Raymond Chandler, en el sentido de nutrirse de sus propios textos y correlacionar los temas de unos y otros, de tal manera que todos sus trabajos conformasen un corpus de fijaciones y argumentos recurrentes”. Su obra, tanto de ficción como de no-ficción, es el mayor testimonio de este proceso.

Respecto a las temáticas habría que iniciar diciendo dos cosas, en primer lugar que todas las narraciones de Caicedo son historias sobre adolescentes, escritas por un adolescente para ser leídas por sus pares; y segundo, que su narrativa parte, se inscribe y depende de la ciudad de Cali (Sandro Romero y Luis Ospina). En ese sentido se trata de una narrativa urbana que produce una representación de la condición de la adolescencia en una ciudad emergente (podríamos decir también adolescente) en el marco de las tensiones sociales y culturales que los años sesenta y setenta traen para Colombia y Latinoamérica, a saber, la Revolución Cubana que despertó en Colombia ímpetus de cambio y revolución; la Alianza para el Progreso, programa impulsado por el gobierno de Estados Unidos para contrarrestar el mensaje revolucionario emitido por Cuba; el movimiento hippie, la psicodelia, el rock, el cine y la contracultura norteamericana; el segundo impulso comercial de la música afroantillana nacido en Nueva York y que agrupaba las diferentes fusiones y géneros que se consumían bajo la etiqueta musical de la “Salsa” que dio lugar a un fenómeno muy particular de apropiación e identificación de los habitantes de sectores populares de la ciudad hacia esta música; las revueltas estudiantiles de Argentina y Francia; y finalmente, por los cambios que sufrió la ciudad a raíz de un impulso modernizador que tuvo su momento cumbre en la organización de los Juegos Panamericanos en 1973 y que se sustentó en gran parte gracias a la gran bonanza producida por los primeros influjos del narcotráfico en la ciudad. 

En este marco su literatura refracta la realidad producida por el choque de estas tensiones históricas en la ciudad de Cali mezclando temas como la violencia, la droga, la locura, el amor, el despertar a la sexualidad, la música, el cine, o el horror entre otros. El universo caicediano está compuesto de personajes adolescentes que asisten y participan de la degradación que la modernidad y el influjo de las culturas foráneas producen sobre los valores tradicionales del establecimiento conservador y católico colombiano. Sus personajes son eternos atormentados por la droga, por la locura, por el rock que les mete ideas raras en la cabeza. El repertorio va desde los simples droguitos fáciles de la Avenida Sexta, para pasar por nos niños psicópatas del norte que asesinan a sus padres y hacen una fiesta, o por Robertico Ross, un “chutero” de 13 años que se inyecta cocaína para escapar a la depresión que le producía su inhalación; hasta llegar al canibalismo, el vampirismo, los complejos edípicos, el masoquismo o el voyerismo, entre otras perversiones y complejos que recurren en estos relatos y novelas obsesionadas “por representar universos corruptos” (Sandro Romero y Luis Ospina). También aparece el mundo de las galladas juveniles, lugar de expresión del ser y el poder del adolescente marginal; la noche y la calle como espacios y tiempos predilectos de los personajes, lo que acentúa su condición liminal perpetua; la mujer como compendio incomprensible de hermosura y perversidad, desde Berenice, pasando por Antígona hasta la síntesis que se hace María del Carmen Huerta, que con frecuencia llevan a la perdición a los personajes masculinos.  

Sin embargo, lo que hace que la obra de Caicedo tenga un lugar preponderante en la literatura latinoamericana contemporánea es su calidad estética. Su estilo narrativo, que está en desarrollo durante toda su obra conocida, llega a cristalizarse en una frescura que incluye e integra a al narrador en primera persona una multiplicidad de voces y registros discursivos que la narrativa colombiana no había escuchado bien hasta el momento: tanto del adolescente burgués que se destruye y se aliena mediante el rock y la droga, tanto del joven marginal popular que goza de la música salsa y está imbuido en todo este lenguaje afrocaribeño que florece Que Viva la Música, como a los integrantes de las pandillas juveniles que son exterminadas luego por la policía, o el cinéfilo solitario que no tiene otro modo de relacionarse con el mundo más que el cine. Además de esta plurivocidad se puede decir que hay una integración de algunos recursos narrativos del cine a su escritura: la imagen es un recurso predominante sobre los tropos retóricos; la narración avanza más sobre la base de la acción que del diálogo, y la reflexión ocupa un lugar secundario. Finalmente conviene resaltar la capacidad para crear símbolos en un discurso ágil, fresco, y sencillo de leer, lo que convierte sus obras en una literatura muy potente para la interpretación que todavía no ha sido suficientemente explorada por la crítica.  

Además de la ficción destacan en Caicedo la escritura dramática en obras editadas y publicadas por la Universidad del Valle en 1997 donde sobresalen piezas como El mar, El fin de las vacaciones, Los imbéciles están de testigo, La piel del otro héroe Las curiosas conciencias; la escritura periodística en la compilación de su producción crítica sobre cine llamada Ojo al cine, producto de su actividad en el Cineclub San Fernando y de su revista homónima de la que alcanzó a editar 5 números antes de poner fin a su vida. Y la escritura de no-ficción, género donde cabe mencionar las memorias del escritor caleño editadas recientemente por la editorial Norma bajo el título El cuento de mi vida donde, a decir de El Zudaca en su reseña publicada en el periódico La Palabra, Andrés Caicedo “en tono confesional, se ausculta, se exhibe sin pudor alguno, se recrimina, se compadece, dialoga consigo mismo, con su familia, con sus amores, con sus pocos buenos amigos” (Periódico La Palabra, Universidad del Valle, # 170, mayo de 2007).  

Esperamos esta pequeña presentación de la obra aguce al lector neófito a internarse en los universos caicedianos y al lector iniciado a estudiar seriamente su obra, pues es ésta una deuda que a la fecha, 30 años después de su muerte y a pesar de la difusión mediática del escritor en Colombia, todavía conserva la crítica literaria colombiana. El contenido de este portal se propone contribuir en algo al saneamiento de esa deuda.

 
 

Centro Virtual Isaacs: portal cultural del Pacífico colombiano. Dirección: Darío Henao Restrepo, Coordinador: Kevin Alexis García, Compiladores: Catalina Giraldo, Johan Marín. Fotografías cedidas por Pakiko Ordóñez.